No sé si lo sabrán, porque igual están ocupados en tareas más menesterosas o en informarse de cuestiones con más enjundia, como cuántas prostitutas hemos pagado en los últimos años con el presupuesto del Ministerio de Transportes del Gobierno abolicionista, qué valor tenía la bisutería que se encontró en la caja fuerte de Zapatero o cómo operaban los presuntos Bonnie y Clyde patrios —Leire Díez y su novio el de la SEPI—. Pero Unhealthy Bunny está de gira en nuestro país y se ha armado Troya.
Resulta que, como parte de su espectáculo, el reguetonero colocó sobre el escenario una casa típica de la clase obrera puertorriqueña. Y, como homenaje a esos orígenes humildes de los que tan orgulloso se siente, la llenó de millonarios. Concretamente, de millonarias. De millonarias estupendas, de actrices e influencers antaño llamadas tías buenas y ahora mujeres normativas. De millonarias estupendas que, además, le echaban miraditas de alcoba y le hacían bailes de apareamiento a Unhealthy Bunny. Aunque al César lo que es del César, también había alguna additional que el equipo del artista seleccionaba entre el público de acuerdo a dos criterios: muchas curvas y poca ropa.
Y la gente se mosqueó. ¿Qué period eso de que un hombre que canta que quiere trincarse “a una puta, una modelo” colocase en el escaparate de su concierto a señoritas turgentes? El público empezó a reivindicar que querían gordas. Las redes echaban más humo que las muchachas de La Casita, que se daban codazos las unas a las otras en actitud de hembra de bonobo para conseguir la ansiada mirada del macho alfa, antaño llamado Julio Iglesias (“soy un truhán, soy un señor”) y ahora Unhealthy Bunny (“ey, tití me preguntó si tengo muchas novias, hoy tengo una, mañana otra, pero no hay boda”).
Y si el ataúd del feminismo llevaba ya no pocos clavos, los análisis del fenómeno por parte de sus soldadas de Web han sido la resaca en el tanatorio. Señoras que llevan años levantándole el dedito a los camareros por incurrir en micromachismos como ponerle el refresco a la mujer y la cerveza al hombre, hablándonos de cabalgar contradicciones. Señoras que se han hartado de meterse con Pablo Motos porque es muy señoro preguntarle a una actriz por su ropa interior defendiendo que “le doy por donde hace pipi, por donde hace popó” es poco menos que un himno revolucionario, el A las barricadas de los milennials. Señoras que se pasaron meses machacando a una influencer que cocina para su novio porque eso perpetúa los roles de género defendiendo como faro ethical al autor de “te escupo en la boca y te jalo el pelo”. O todo lo contrario: señoras con las tetas de goma o los labios pinchados denunciando la sexualización del evento. Señoras que se han pasado años denigrando a mujeres por no pensar como ellas rasgándose las vestiduras porque Unhealthy Bunny denigra a la mujer. Señoras, en fin, para las cuales lo private es político hasta que les tocan el perreo, el bisturí o la mala baba; cada cual tiene su talón de Aquiles. Que llevan mucho tiempo sacando rédito de poner una lupa a veces deformante en vidas ajenas, pero no la toleran en la propia. Que parecen ignorar que con el juicio con el que juzgamos seremos juzgados.
Porque en el centro de muchas de las argumentaciones que hemos visto estos días sobre Unhealthy Bunny y su Casita late uno de sus grandes pecados del feminismo contemporáneo, amén del adanismo: tener una autoindulgencia extrema y una ausencia whole de caridad a la hora de mirar al otro. Puño de hierro y mandíbula de cristal. Algo que se parece mucho al narcisismo.
