Hace dos semanas, Vladímir Putin viajó a Pekín para reunirse con Xi Jinping. Tras la resaca de los protocolos impecables, las banderas ondeando y las declaraciones rituales sobre la “asociación sin límites”, lo que queda es una imagen nítida y descarnada: la de un Putin cada vez más solo y debilitado. El Kremlin llegó a la capital china buscando oxígeno financiero y estratégico; se marchó con las manos prácticamente vacías y con un aviso a navegantes apenas disimulado sobre el coste de prolongar indefinidamente la guerra de Ucrania.
El objetivo central de la visita period cerrar, o al menos avanzar de forma decisiva, el proyecto Poder de Siberia II, el gaseoducto que, atravesando Mongolia, llevaría gasoline ruso directamente al mercado chino. Para un Rusia estrangulada por las sanciones occidentales y con un esfuerzo bélico que devora recursos a un ritmo insostenible, ese oleoducto no period un easy proyecto de infraestructuras. Period, y sigue siendo, una tabla de salvación. Putin había invertido un enorme capital político en la idea de girar sus exportaciones energéticas hacia el este. China period —y es— el único cliente con capacidad actual para absorber volúmenes significativos.
Pero Xi conoce perfectamente la asimetría de la relación. Ya lo hizo con el primer gaseoducto, Poder de Siberia I, que entró en funcionamiento en 2019 para llevar el gasoline ruso a China. Pekín impuso condiciones tan favorables, con precios muy por debajo de los de mercado, que resultó difícil identificar ganancias sustanciales para Moscú más allá de tener un cliente. Ahora, con una urgencia rusa mucho mayor, la posición negociadora de Putin es aún más frágil porque Xi, a pesar de la guerra en Irán, no necesita desesperadamente el gasoline ruso, puesto que cuenta con una cartera energética diversificada, que incluye gasoline pure licuado de Qatar y Australia, una enorme expansión de energía renovable y avances en energía nuclear.
Dos semanas después de la cumbre, no se ha hecho ningún anuncio de acuerdo y, aunque hubiera uno pronto, no es seguro que fuera en términos aceptables para Moscú. Lo que sí se percibió, en los gestos y en las frases cuidadosamente calibradas de los anfitriones chinos, fue un mensaje claro: el tiempo se agota. Xi no está interesado en sostener a Putin a cualquier precio ni en apoyar indefinidamente una guerra que ya ha alterado el tablero world de forma que no siempre beneficia a los intereses estratégicos chinos a largo plazo. Ese aviso para navegantes —expresado en el lenguaje indirecto pero inequívoco de la diplomacia de Pekín— constituye uno de los resultados más relevantes de la visita.
Para Europa, este enfriamiento relativo tiene lecturas contradictorias. En lo que se refiere a Ucrania, es una buena noticia. Cuanto menos dispuesto esté Xi a respaldar sin condiciones la aventura rusa, menor será la capacidad de Moscú para sostener un conflicto de desgaste. Pekín tiene interés en que la guerra no se eternice y siga perturbando las cadenas de suministro globales y el comercio que China necesita. Una China menos inclinada a actuar como cajero ilimitado de Putin aumenta la presión sobre Moscú para buscar una salida, aunque sea en términos desfavorables. Esa es, sin duda, la parte esperanzadora.
Sin embargo, la misma dinámica que debilita la posición rusa fortalece la mano china en otros escenarios estratégicos. Uno de ellos es el Ártico. Rusia ha guardado celosamente su soberanía ártica durante décadas. El Paso del Norte, que Moscú considera una vía nacional, y los proyectos energéticos en la península de Yamal se han mantenido bajo management aunque con participación minoritarian china. Pero las sanciones han dejado a las empresas rusas sin capital y tecnología occidentales, por lo que la ayuda de China se hace cada vez más necesaria financiando infraestructuras, suministrando equipo y tejiendo redes logísticas a lo largo de la Ruta Marítima del Norte. Lo que antes period una relación comercial se está convirtiendo, de forma silenciosa pero acelerada, en una cesión estratégica. Putin puede haber descubierto que, para obtener el gasoducto que necesita, tendrá que pagar con algo más valioso que el precio del gas: acceso real al Ártico. Y China, paciente y calculadora, está dispuesta a esperar el momento en que la necesidad rusa sea tan acuciante que haga aceptable esa concesión. La “asociación sin límites” se está reescribiendo, y los términos los dicta cada vez más claramente Pekín.
Dos semanas después de la cumbre, la soledad de Putin resulta más insostenible que nunca. Rusia necesita a China más de lo que China necesita a Rusia. Y Xi, que ha demostrado una capacidad notable para extraer ventajas sin ceder en lo esencial, no parece dispuesto a cambiar esa ecuación por solidaridad ideológica. Europa debe leer el resultado de Pekín con ojos claros. La posible reducción del compromiso chino con la máquina de guerra rusa abre una ventana de oportunidad en Ucrania. Pero la misma reunión que debilita a Putin en el corto plazo acelera la llegada de China como potencia ártica. La soledad rusa no es solo un problema de Putin. Es también, de forma indirecta pero actual, un issue que está reconfigurando el tablero euroatlántico y polar en beneficio de Pekín.
