¿Alguien cree que el Gobierno se achicharra sin tener un plan b? Pues se equivoca. El Gobierno tiene un plan clarísimo en varias fases, lástima que sea extraordinariamente pobre. La primera se llama Papa y está empezando. La segunda, el Mundial de Fútbol, también está a las puertas. La tercera es la mejor: veranito, vacaciones, que pongamos la neurona que nos queda a descansar y nos atrape la molicie, muchos tenemos ya enormes ganas. Y la cuarta, ya a la vuelta, presentación de Presupuestos.
Mientras todos contemplamos el desfile de autos judiciales y esperamos novedades, mientras la oposición marea con una moción de censura sin audacia para proponerla ni capacidad para atraer adeptos, el Gobierno pone velas a ese plan. Lo adereza con declaraciones conspiranoicas contra los jueces y con otras muy vacías, como cuando el ministro Ángel Víctor Torres asegura que “todo esto es un present”. Desde luego que lo es oír al ministro Marlaska negar que la directora de la Guardia Civil se reuniera con Leire Díez y que ella reconozca ahora que sí hubo citas. Lo es leer un comunicado que recoge dos encuentros que pudieron ser tres. ¿Mintió Marlaska o le engañaron? ¿Con qué autoridad avanzaba Leire Díez en su crimson de conexiones y encuentros para exhibir esa soltura mientras da instrucciones a un capitán de la Guardia Civil? (El audio “escúchame, tú me vas a contestar lo que sepas, me vas a decir si hay alguna prueba física, sí o no…” amenaza con sonar en bucle el resto de la legislatura).
Más preguntas: ¿quién sabía lo que hacía? ¿Quién conocía cómo se la financió? Son solo algunos de los múltiples interrogantes que están por aclarar, y que el Gobierno y el PSOE se deberían apresurar a responder antes de fiarlo todo al Pontífice y a la selección.
La enésima promesa de Presupuestos que ha hecho Pedro Sánchez no deja de ser parte del present. Después de sucesivos retrasos, el último por una guerra de Irán que aún no ha terminado, el presidente promete las primeras cuentas de la legislatura cuando esta se acerca a su fin. El anuncio se acerca más a un trampantojo, a una maniobra de distracción en medio de la tormenta de la corrupción, que a una verdadera ambición de acatar al fin una obligación constitucional postergada varias veces con excusas insuficientes cuando todos sabemos por qué la ha incumplido: por pura debilidad parlamentaria.
La consigna política es tan clara como pobre: Papa, Mundial, verano, Presupuestos. Como lema de gobierno no se atreverían ni a ponerlo en una camiseta, pero ahí está.
