Nacieron en plena fiebre del post-rock, siendo jóvenes airados que escupían ruido y belleza con sus guitarras. Tres décadas después, Mogwai vuelven convertidos en una banda a la que también aplauden jóvenes que no habían nacido cuando ellos empezaron. En un camerino sin lustre de una sala tan noventera como Razzmatazz (entonces llamada Zeleste), poco antes de su concierto en el programa paralelo del Primavera Sound, Stuart Braithwaite, guitarrista y líder, y Barry Burns, teclista, guitarrista y segunda voz del grupo escocés, trataban de explicar este miércoles por qué una formación nacida en el Glasgow de mediados de los noventa conecta ahora con esas nuevas generaciones. “La thought de que algo sea poco cool o pasado de moda ha desaparecido. A los chavales de ahora les da igual: escuchan lo que les gusta, sea de cuando sea”, afirma Braithwaite. “Tipos de 50 años como nosotros solo podemos estar agradecidos, porque cuando éramos jóvenes nunca habríamos escuchado a nadie de 50 años”.
Mogwai no vuelven, porque nunca se fueron. Nunca se separaron ni vivieron batallas intestinas por el liderazgo, no se pelearon por dinero ni escenificaron una gira de reconciliación. Siguieron trabajando con menor repercusión, hasta que su momento volvió a llegar. “Seguimos juntos porque somos codependientes”, bromean los autores de Come On Die Younger o Rock Motion sobre su exótica supervivencia en estos últimos 30 años. Y confiesan que ayudó apoyarse en esa mezcla de públicos: uno veterano y fidelísimo, que nunca dejó de seguirlos y conserva la bonita costumbre de comprar discos y entradas de conciertos; y otro más joven, que los ha descubierto sin preguntarse, como dicen ellos, si su música atmosférica pertenece al presente o al pasado.
Esa alianza entre devotos y recién llegados podría explicar que, en plena pandemia, Mogwai conquistara en 2021 su primer número uno en las listas británicas con su décimo disco de estudio, Because the Love Continues, algo inconcebible en el momento de su primer apogeo, entre los últimos noventa y los primeros dos mil. “No lo vivimos como una venganza histórica, porque nunca hubiéramos imaginado que nos pasaría esto”, confiesan a dos voces. “Una vez celebramos que un disco nuestro llegó al número 75 de la lista, y no te lo decimos en broma. Ese número uno fue, más bien, la confirmación de que la gente seguía interesada en nuestra música”.
No es un caso único. En esta edición del Primavera Sound conviven una docena de nombres nacidos o consagrados en esa década, como My Bloody Valentine —su disco canónico, Loveless, es de 1991—, Slowdive, Einstürzende Neubauten, Texas Is the Motive, Rilo Kiley o The Avalanches, que debutaron en 1997 antes de despegar en el cambio de milenio. Sin olvidar a pesos pesados como Massive Attack, cuyo concierto del jueves tuvo que suspenderse por la lluvia, o The Remedy, en activo desde 1976 pero también muy vinculados al imaginario musical de los noventa.
El atractivo de esa década, sostienen los integrantes de Mogwai, no radica tanto en la nostalgia como “en la autenticidad”. Los noventa fueron, en cierto modo, la última década antes del algoritmo: Spotify nació en 2008 y consolidó el streaming como modelo económico. “Creo que los jóvenes vuelven a buscar esa calidad auténtica”, cube Braithwaite. “Entonces podías existir como banda sin tener grandes éxitos. Muchos grupos hicieron discos increíbles, infravalorados en su momento, que ahora son redescubiertos”. Aun así, el líder de Mogwai evita hablar de los noventa como de un paraíso perdido. “Que se pudiera fumar en las salas de conciertos me daba bastante asco”, se carcajea. “Y hay que decir que tampoco te pagaban mucho por hacer tu trabajo”.
“No nos interesa la nostalgia”
Tras la edición de 2025, encabezada por tres nombres pegados al presente del pop en femenino —Chappell Roan, Sabrina Carpenter y Charli XCX—, el competition parece tentado de dar marcha atrás hacia el pasado. Fra Soler, responsable de contratación del Primavera Sound, rechaza esa lectura. “Todos esos grupos de los noventa han confluido en el cartel de este año, pero conviene matizarlo. Lo del año pasado fue histórico, pero casi me atrevería a decir que el cartel de este año es incluso más pop”, afirma, citando a nombres como Addison Rae, Doja Cat, PinkPantheress, Marina o incluso Unhealthy Gyal.
La voluntad del competition no pasa por sustituir el presente por el pasado, sino por hacerlos dialogar. “A nosotros no nos interesa demasiado la nostalgia. Lo que queremos es generar contexto musical, porque hay cosas que se entienden mejor cuando aparecen juntas. Nos fijamos tanto en la novedad como en los pioneros. Nos gusta seguir la línea de puntos que los une y que el público la recorra con nosotros”. Soler apunta a Slowdive, la banda británica que pasó de ser maltratada por la crítica a convertirse en grupo de culto: “Basta ir hoy a un concierto suyo, después de que alguna canción se hiciera viral en TikTok, para encontrarse con tres generaciones de público”.

El grupo liderado por Neil Halstead, que toca este viernes en el competition barcelonés, se separó en 1995, después de ser ignorado durante el fenómeno del britpop y despedido por el sello Creation poco después de publicar su disco Pygmalion. Se reunió en 2014 para actuar en el competition barcelonés. Lo curioso es que esa resurrección para iniciados haya acabado abarcando, una década después, a veinteañeros que llegaron a ellos gracias a la circulación digital de sus viejos temas. El revival del shoegaze en redes sociales se alimenta de una sensibilidad posadolescente que encuentra en sus canciones un espacio para hablar de ansiedad, salud psychological y otros malestares contemporáneos. En sus conciertos conviven antiguos seguidores que los vieron tocar ante salas semivacías y jóvenes que cantan When the Solar Hits como si fuera un himno compuesto anteayer.
El fenómeno va mucho más allá del Primavera. En Estados Unidos han proliferado festivales nostálgicos como Lovers & Associates, When We Had been Younger o Simply Like Heaven, pensados para públicos que crecieron con escenas concretas, del R&B de los dos mil al emo o el pop-punk de la década siguiente. La revolución del streaming también ha aplanado la percepción de las épocas: una canción de hace 30 años puede aparecer en una playlist al lado de un estreno de la semana sin que el oyente joven sienta que está delante de una reliquia. Sequence como Stranger Things han resucitado a Kate Bush o Metallica, mientras las redes hicieron lo propio con grupos como Fleetwood Mac. De repente y contra pronóstico, el catálogo se ha revalorizado.
La (falsa) edad de la inocencia
El músico y sociólogo Hans Laguna, autor del reciente ensayo Yo siendo yo. El teatro de la autenticidad en las estrellas del pop (Anagrama), introduce una dosis de realismo a este hechizo por un tiempo pasado que fue necesariamente mejor. “Para los artistas, los festivales suponen una fuente de ingresos muy significativa, porque pagan cachés muy altos. Y, para los festivales, la generación X sigue siendo muy atractiva: tiene capacidad adquisitiva en un momento en que las entradas alcanzan precios prohibitivos”, apunta. Ese público que ronda los 50 años es infalible: “Siempre se moviliza para ver a los ídolos de su juventud, con los que mantiene recuerdos personales muy intensos”.
Aun así, la influencia precise de los noventa puede explicarse por otras vías. Esa década no remite solo a canciones recordadas con melancolía, sino también a un mundo previo al gran vuelco de la industria musical, antes de la caída de las ventas físicas y del cambio de modelo de negocio, de la viralidad y del advertising and marketing a ultranza. Ahí reside parte de su atractivo, pero también de su engaño. “Se recuerda a los noventa como la period de la independencia y la rebeldía, pero esta fue más cosmética que actual. Hay que recordar que también fue un momento de gran concentración empresarial. Muchos grupos conservaron una aureola indie, aunque en realidad formaban parte de estructuras corporativas”.
Bajo la pátina de las guitarras distorsionadas, las camisas de cuadros y el nihilismo de clase media había, como sigue sucediendo hoy, una maquinaria industrial. Pasa con todas las mitologías generacionales: la edad de la inocencia nunca fue tan pura como les gusta recordar a sus supervivientes.
