
Sole era, ante todo, solidez. No solo por su nombre, sino por su forma de estar en el mundo y de ejercer el periodismo. No hablaba por hablar. Hablaba cuando tenía algo que aportar y entonces decía exactamente lo que quería decir, con una precisión que hoy resulta casi excepcional, midiendo cada sílaba con la exactitud de quien sabe que el lenguaje es la herramienta más sagrada y, a la vez, más peligrosa de la convivencia. Tenía esa virtud casi mística de atinar siempre con la esencia del asunto, de ir directa al centro de la noticia sin perderse jamás en el decorado. En un tiempo dominado por la velocidad, la inmediatez y el exceso de opinión, Sole elegía la pausa, la reflexión y la razón.