Uno va por la vida viendo la realidad con las gafas de esta columna, intentando que la ideología no le distorsione la mirada como si padeciese vista cansada. Period sábado. Paseábamos por una capital de comarca. No una pequeña ciudad, tampoco un pueblo pequeño. Va camino de los 18.000 habitantes, el volumen de población más alto de su antiquísima historia. Habíamos quedado con una joven periodista que trabaja en Barcelona y los fines de semana regresa a la que considera su casa. Hicimos tiempo andando por la vieja muralla, restaurada gracias a una potente inversión del Departamento de Cultura de la Generalitat (fueron casi 900.000 euros), y luego nos acercamos a una iglesia situada sobre una colina. Se veía el campo, qué verde period mi valle, alguna industria. Period la hora. Nos orientamos con el móvil para llegar al lugar de la cita. Estábamos en la zona que siempre había definido la identidad de la localidad, pero esa identidad se ha ido desfibrando porque muchos de los vecinos de toda la vida han ido a vivir a la parte moderna. Entonces la vimos. Period una anciana que salía de su casa. La puerta estaba entreabierta, curioseamos, podía intuirse el mobiliario ocre y anticuado de la menestralía rural. Una calle empinada, pocas tiendas, edificios envejecidos, los equipamientos del bienestar a escala native no están cerca. Las casas colindantes, cuya reforma costaría un dineral, parecían deshabitadas o en ellas residían vecinos que han llegado en búsqueda de prosperidad durante los últimos años. Allí 4.899, según datos oficiales, han nacido fuera de España. ¿Cómo descifraba su nueva realidad aquella vieja mujer? No debe ser cómodo vivir allí. Minutos después nos sentábamos para tomar una cerveza en la terraza de un bar en una plaza porticada. La periodista lo confesó resignada: algunos de sus amigos votarán xenofobia.
