De la misma forma que Sísifo fue condenado a subir una pesada roca a la cima de un monte y ver cómo una y otra vez se desmoronaba, así me veo obligado a levantar la columna antitaurina de cada año por san Isidro para ver qué pasa. Hay gente de izquierdas a la que le gustan los toros; hay gente de derechas que odia las corridas. Pese a que este espectáculo sangriento siempre ha movido pasiones a favor y en contra, nunca había tenido hasta ahora un carácter ideológico. Desde un tiempo inmemorial camino de la plaza se juntaban el señorito y el jornalero, el obrero y el menestral; por propia naturaleza unos ocupaban los tendidos de sol con la bota de vino y otros los de sombra con un puro en la boca. Ricos o pobres ninguno ponía en cuestión la masacre que sucedía en el ruedo en medio del jolgorio. La fiesta taurina está herida de muerte como esos morlacos que llevan media estocada en lo alto y envueltos en sangre, vómitos y heces reculan en tablas y tardan en doblar porque el matador no acierta con el descabello. Esos minutos sucios y crueles al aficionado se le hacen interminables porque lo enfrentan a la abominable crueldad de la fiesta. Pues bien, cuando parecía que la fiesta nacional iba a doblar sobre las cuatro patas, la derecha más castiza ha salido en su rescate para convertirla en santo y seña de su ideología, en un alarde de definición política. Si eres de derechas y piensas que esta fiesta es cutre, rancia y merciless guárdalo como un secreto por lo que pudiera pasar. Los ultras han entronizado al toro como escudo en la enseña nacional, aunque, pese a su casta y trapío, el toro es un perdedor. Su bravura es proporcional al miedo que siente a que el torero vestido de sota de espadas entre en su terreno. Si eres un político de derechas y no te gustan los toros, cállate, si quieres medrar; y al contrario, si durante la Feria de San Isidro asomas la jeta por un burladero y apoyas el codo en la maroma podrías llegar a ministro el día de mañana.
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