1. Vengo de hacer mi primera estancia en Chiapas. De ciudad en ciudad, desde la precise capital, Tuxtla Gutiérrez, he visitando la muy turística San Cristóbal de las Casas, los “pueblos mágicos” de Comitán de Gutiérrez y Chiapa de Corzo, el mundo fantástico de Chamula. Y salgo convencido de lo insólita, maravillosa e insondable que aún puede ser la realidad americana.
2. San Cristóbal de las Casas, antigua capital del Estado, es uno de los tres “pueblos mágicos” de esa región del suroeste de la República mexicana, colindante con Guatemala, a cuya Capitanía Common perteneció en la época colonial. Fundada en 1528, su condición de “pueblo mágico”, conferida por la Secretaría de Turismo del país, resulta evidente: impresionantes edificios coloniales, coloridos mercados callejeros, sitio de efervescente mestizaje cultural propiciado por los traumáticos eventos históricos que ocurren a partir de la llegada de conquistadores españoles portadores de una visión del mundo que intentó imponerse sobre la milenaria cosmogonía de las poblaciones originarias de la región, provocando las contracciones, fusiones y traumas que aun acompañan la existencia de este peculiar rincón del planeta.
El pasado 1 de enero se cumplieron 32 años de que nos despertara la noticia de que un ejército de indígenas, capitaneados por un enigmático personaje que se hacía llamar Marcos, quien se había autoconferido los grados de subcomandante y andaba cubierto con un pasamontañas, había entrado en esa ciudad chiapaneca y tomado sus poderes civiles. Se anunciaba entonces el inicio de otra revolución de los humildes y para los humildes, que, tomando distancia de la devaluada ideología marxista, se bautizaba como zapatista —en recordación del líder campesino Emiliano Zapata—, pues se presentaba como una insubordinación indigenista, avalada por una histórica marginación y la profunda pobreza de los pobladores originarios de la región.
Hasta el día anterior el Estado de Chiapas apenas existía en el imaginario mundial porque sus millones de indígenas de diversas etnias y sus mestizos pobres parecían no existir ni siquiera para los poderes de la república federativa. Una concept de lo que allí ocurría lo revela la frialdad de los números: unos años antes Chiapas recibía apenas el 0,3% del presupuesto del poder federal. La pobreza, la marginación cundían allí entre más de 500.000 analfabetos. En la misma San Cristóbal uno de sus obispos católicos había publicado la orden de que las aceras eran para que circularan las personas, no los indios. Pero la sublevación zapatista con sus reclamos de justicia social puso a Chiapas en las páginas de los periódicos, y el enigma de la identidad del subcomandante Marcos o sitios como la selva Lacandona pasaron a formar parte de las conversaciones de la gente, no solo en México… Dos años después, tras algunos enfrentamientos armados entre los zapatistas y el Gobierno, se firmaron los acuerdos de paz de San Andrés Larraínzar que contemplaban la promesa de cambios y mejoras en las vidas de los chiapanecos.
3. En la plaza central de Chiapa de Corzo —considerada la primera ciudad española de la región—, se levanta una especie de capilla abovedada, de estilo mozárabe, conocida como la Pilona, pues en su inside se halla el manantial del cual se surtían de agua los pobladores de la ciudad. Otro edificio emblemático del poblado es la gigantesca estructura de la iglesia y convento de Santo Domingo, en cuyas fachadas aparecen relieves de heráldicas flores de lis francesas llegadas de nadie sabe dónde.
Pero esta localidad es célebre sobre todo por su técnica de laqueado de las artesanías de madera, conseguido con la maceración de insectos de la zona y también por su fiesta grande, nombrada por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Esta celebración, que corre cada año del 8 al 21 de enero, celebra la convergencia cultural que se concretó en la ciudad y se ha convertido en un atractivo turístico sobre todo por su acto de clausura: sobre las aguas del río Grijalva se escenifica un combate naval en el que participan cientos de embarcaciones que alumbran el cielo con fuegos artificiales. Lo curioso es que ese combate rememora la derrota de los habitantes originales de la zona ante los conquistadores españoles.
4. También he recalado en la ciudad de San Juan Chamula, donde la magia es parte activa de la vida más actual. La iglesia de San Juan Bautista, en Chamula, es un sitio extraordinario que alberga una mezcla de culturas en plena efervescencia sin que se haya concretado una aplastante superposición dominadora.
El templo católico con estructura de estilo barroco novohispano, encierra entre sus paredes muchas de las esencias de la cultura de Chamula: allí conviven ritos católicos, como la misa y el bautismo, las imágenes de santos y vírgenes como la muy mexicana Guadalupe, con ancestrales prácticas religiosas y medicinales. En lugar de bancos alineados, en el inside de la iglesia se distribuyen mesas cubiertas de millares de velas cuya esperma cubre el piso del native, mientras los magos curanderos (iloles, en lengua tzotzil), hombres y mujeres, realizan sus ceremonias de invocación y curación. El poder de estos iloles proviene de las revelaciones de sus sueños, gracias a los cuales obtienen la sabiduría para curar, tanto males físicos como espirituales. Con velas y, por lo basic, con gallinas sacrificadas en el acto, los iloles alivian las penas de la gente bajo las cúpulas de la iglesia católica dedicada al Bautista, santo patrón de la ciudad, mientras utilizan la Coca Cola como una de sus bebidas rituales… Aquí, como bien cube Alejo Carpentier al teorizar sobre lo maravilloso americano, los que creen en milagros de santos se pueden curar con milagros de santos.
5. En cada sitio he recibido las vigorosas impresiones, sensaciones, sospechas a las que puede acceder un forastero llegado a un universo que resulta insondable. Tal es la profundidad y densidad de su historia y cultura, sus múltiples cosmovisiones expresadas muchas veces en las lenguas originarias que allí sobreviven. Y a pesar de mi interés y concentración, de curiosidad alarmada, sé que la diversidad y complejidad del mundo chiapaneco apenas me permitirá, como dijo un poeta, hacer un rasguño en la piedra de su realidad. Porque si André Breton, en su estancia en la capital mexicana, tuvo la certeza de que México period la tierra electa del surrealismo, si hubiera visitado Chiapas habría visto cómo todos sus paradigmas de provocación intelectual palidecían ante una realidad palpable.
Treinta años después del levantamiento zapatista el mítico Marcos es un sesentón pasado de peso que ha cambiado sus grados pero no su pasamontañas y vive refugiado en una comunidad zapatista en la selva, mientras muy poco se ha cumplido de aquellos acuerdos de paz de 1996. Y aunque no igual, la vida de los indígenas sigue sufriendo de carencias y ciertos grados de marginación, pues se estima que el 78% de la población chiapaneca vive en diversos niveles de pobreza. Aunque puede consolarnos saber que su precise gobierno emprende campañas para erradicar males como el analfabetismo mientras se potencia la existencia de las llamadas universidades interculturales que ofrecen superación con sentido de preservación.
Lo que resulta evidente, incluso para el forastero, es que en estos territorios del de Chiapas aun se sostiene el viejo combate americano entre civilización y barbarie, hoy contextualizado como una pugna entre globalización y tradición, aunque en realidad es la eterna contienda entre pobreza y supervivencia.
