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No comprendía que siendo mi padre tan recto, serio y adusto no se escandalizara ante un Dios tan feroz y ahíto de sangre

Recuerdo muy bien aquella estampa acquainted. Mi madre zurcía calcetines con un huevo de madera en un lugar de casa donde corría una brisa que venía del mar, y mientras la criada, canturreando canciones de Concha Piquer, lavaba de rodillas el suelo con agua y jabón, mi padre leía la Biblia sentado en su despacho. El Antiguo Testamento es un libro de honda sabiduría lleno de personajes tenebrosos que cometen toda clase de crímenes y tropelías. Mi padre pudo leer que Lot se acostaba con sus hijas, que el rey David descubrió desde la azotea a Betsabé bañándose desnuda y envió a su esposo Urías a primera línea de fuego de la guerra para quitarle a la mujer y ocultar el adulterio; por su parte Yahvé mandaba pasar a cuchillo a mujeres y niños al ultimate de cada victoria. No comprendía que siendo mi padre tan recto, serio y adusto no se escandalizara ante un Dios tan feroz y ahíto de sangre que habiendo entregado a Moisés las tablas de la ley cuyo quinto mandamiento prohibía matar, gritara a continuación con voz tronante “¡mátalos!” a los que adoraban un becerro de oro al pie del Sinaí. Un día me sorprendió ver que mi padre había dejado de lado la Biblia; pensé si se habría encontrado con algún escollo muy difícil de saltar. Fue que su lectura había llegado al Cantar de los Cantares y leer que los pechos de la amada eran como dos cervatillos mellizos que pacían entre azucenas y que sus labios eran como cinta de escarlata, muy dulces al hablar, que el amado y la amada se adentraban en huertos oscuros para tomar zumo de granada y entrelazaban sus cuerpos al pie de un manzano, al parecer mi padre no pudo soportar que Dios hubiera inspirado esa turbia sensualidad y dijo, hasta aquí hemos llegado y dio carpetazo. Sucedió a finales de los años cincuenta del siglo pasado. Se notaba que los tiempos estaban cambiando porque poco después mi madre ya no tenía que zurcir los calcetines, la criada dejó de lavar el suelo arrodillada y ya lo hacía de pie con la fregona y mi padre solo leía el diario.
