
La literatura es también una vía de conocimiento. Cuando pasa el tiempo lo que alguna vez se vivió se va difuminando, pierde relieve. Sobre lo que nos ocurrió se van colocando las muchas capas de lo que nos contamos después, así que estrictamente hablando ya no sabemos qué fue lo que en realidad sucedió. En la adolescencia, por ejemplo. La memoria flaquea al intentar reconstruirla, a ratos es tan débil que para recuperar aquella temporada tiramos de los tópicos que salen de las conversaciones que se han tenido más tarde, o de las películas o los libros. Witold Gombrowicz decía de esos años que son los más libres porque todavía no se han adoptado las formas que la sociedad exige para colocar a cada uno en su sitio. A los adolescentes no hay manera de otorgarles un lugar exacto, unas exigencias, unos protocolos de conducta. Están demasiado desbordados por sus vivencias, ni siquiera saben darles nombre —les dan miedo o placer, les irritan, les conmueven—, pueden ser tiernos, pueden ser crueles, obedientes o rebeldes, escapan de cualquier definición. Ayer se celebró el día del libro. Valga uno para celebrarlo.