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    Home » Cristina Rota: “No han logrado borrarme ni la memoria ni la sonrisa” | Cultura
    Cultura

    Cristina Rota: “No han logrado borrarme ni la memoria ni la sonrisa” | Cultura

    morshediBy morshediMay 3, 2026No Comments12 Mins Read
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    Son las 11 de la mañana. Acaba una clase de teatro en la escuela de Cristina Rota, en el barrio de Lavapiés de Madrid, y una docena de chicos y chicas vestidos, es un decir, de puro verano sale en tropel a solazarse en el patio. Da gusto verlos. Al poco, llega la jefa de todo esto, Cristina Rota, del bracete de su hija Nur, hermana pequeña de Juan Diego y María Botto, de la que Rota estaba embarazada cuando llegó a España en 1978, tras la desaparición de su marido, Diego Botto, el 21 de marzo de 1976, en los primeros días tras el golpe militar en Argentina. Vestida con falda vaporosa, blazer marinera y zapatillas ultraligeras, tan frágil de aspecto como rotunda de verbo, Rota, que ha criado en esta incubadora de talento a generaciones de actores y actrices, de Penélope Cruz a Antonio de la Torre, pasando por sus propios hijos, viene a hablarnos de su libro: Una historia de teatro y resistencia, que recoge algunas de las muchas vidas que ha vivido a sus 81 años.

    ¿Por qué ahora?

    Porque me lo pidieron. Dije que no. ¿Para qué? ¿A quién le interesa? No tengo ganas. Es, como diría mi amado Chéjov, como si me clavaran un puñal en el estómago, como entrar en un túnel del tiempo. Pero me puse a escribir. A impulsos. Y volví a recordar. A pasar las cosas por el corazón, re cordis, que es lo que significa la palabra. Y me salió no tanto hablar de mí, sino de mi generación. De mi abuelo navarro y mi abuela canaria emigrados a Argentina, de mi padre adicto al juego, de mi madre, el pilar de la casa. Recordé mucho la infancia, lo que queda indeleble, como una mácula que lo atraviesa todo. Y la dictadura. Y la maternidad. Nunca quise escribir, pero el libro se fue pergeñando solo porque me salía a impulsos.

    Igual necesitaba sacar todo eso fuera.

    Sí, pero fue doloroso. Salieron mis amigos de la universidad, toda la gente a la que mataron o desaparecieron. Mis amigos de clase alta, de clase media, de clase baja, porque de todas tenía. Toda esa gente, viva o muerta, forma parte de mi vida. Todos. También me salieron de dentro los árboles, el cielo, la geografía que nos rodeaba. La thought que recorre el libro es que todos vivimos bajo un mismo cielo. Somos la memoria remota y presente. La memoria es lo que te ayuda a ver los indicios de lo que se avecina y poder atajar este desastre de insolidaridad, impiedad e inmisericordia que vivimos hoy.

    ¿Estamos en las mismas que en 1976?

    Estamos peor, porque esas épocas que vivimos de terror, de tener que esconderte, de tener que cambiar de casa, todo ese horror también period una herramienta para que lucháramos. Luchábamos contra eso con la esperanza de poder cambiarlo, aunque fuera dando la vida, para que mis hijos heredaran un mundo mejor, para hacer posible un renacer.

    La memoria es lo que te ayuda a ver los indicios de lo que se avecina y poder atajar este desastre de insolidaridad”

    ¿Y ahora no luchamos?

    No lo veo. A pesar de que creo que el hombre tiende a renacer cuando tiene la soga al cuello, creo que nos han vencido. No vimos venir la amenaza de las redes sociales, donde lo primero que se matan son los adjetivos y los verbos, y te vas quedando sin palabras, te vas quedando sin vías de comunicación con el otro. Te quedas solo.

    ¿Eso lo ha visto en tiempo actual?

    Lo he visto, desde hace 20 años, por las generaciones de chicos y chicas a las que doy clase. Es la realidad pura. Iban viniendo a estudiar teatro sin conocer a Lorca, sin conocer sus raíces. Entonces, yo sigo rebelándome.

    ¿Y cuál es su rebelión?

    Tener 81 años y seguir dando clase, luchando para que los conozcan, con la thought de que alguien del montón aprenderá. En cada promoción, de 20 alumnos, uno, dos o tres, no más, aprenderá. Algo es algo. Eso se expande. Como cuando salvas a una persona de la guerra, cuidas el pensamiento y que aprendan a atajar los indicios del desastre. Soy antirredes sociales en clase. Cómo pueden traerme un resumen de Freud en un folio sin haberlo leído. Mi rebelión es hacerles pensar.

    En el libro se outline como pesimista. ¿Siempre lo fue?

    Lo soy, desde niña, en oposición al optimismo ciego: no lo puedo soportar. Desde niña, recitaba poemas desde el jardín de mi madre para que los transeúntes me escucharan y siempre hablaba de los pobres y de los muertos. Nunca fui optimista, siempre, siempre estuve con la duda.

    Y, sin embargo, reivindica la alegría como revolucionaria.

    Llamo ser pesimista a no dar por sentadas las cosas y a pensar que todo es alegría y a negar la realidad. A ver, cómo vas a ser optimista si la sanidad está corrupta y la educación está mal desde la base, quitando la filosofía y el pensamiento. Pero lucho, porque creo que el ser humano tiene remedio.

    Nunca fui optimista, siempre, siempre estuve con la duda”

    En vísperas de su desaparición, su esposo, Diego, le dejó encomendado que fuera feliz y que sus hijos no fueran “adultos tarados” por el trauma de su infancia. ¿Cree que lo ha logrado? ¿Es feliz?

    No. No lo soy en el sentido amplio de la palabra. Pero tengo momentos de alegría, de plenitud con el amor, con mis hijos, mis libros, mis poetas muertos, tengo con ellos una relación plena.

    ¿Y sus hijos?

    Creo que he conseguido lo que me encargó su padre, que no sean fascistas, o necios, o de verdades a priori, que amen a los demás, que tengan en cuenta al otro, que vivan con y para el otro, y que tengan conciencia de que sin el otro no eres nada. Si no ubicas al otro, mal ser humano eres.

    ¿Por qué remarca tanto que tiene 81 años?

    Porque me sorprende. Yo no quiero tener 80 años, quiero tener 50, pero el cuerpo me cube: muchacha, frena, y mi cabeza no quiere eso. No es una lucha frente al espejo actual, sino el simbólico. Mi espejo es mi cuerpo, que falla, y eso me deprime. El tema es, como cuando llegué a España en 1978 y empecé de nuevo mi vida a los treinta y pocos, no tirar la toalla.

    Rota, sentada en el auditorio de su escuela de teatro, donde han aprendido el oficio varias generaciones de actores y actrices.Bernardo Pérez

    Acaban de cumplirse 50 años del golpe militar en Argentina y de la desaparición de su marido. ¿Los aniversarios redondos remueven más la herida?

    Los zarpazos brutales fueron el 21 de marzo de 1976, cuando Diego no llamó a las diez de la noche como teníamos acordado. Eso fue horrible. Y los días siguientes. Y esos dos meses de búsqueda, de patear calles y ver gente, y gente y gente. Period una pesadilla. Vivía en el limbo. Como si te hubieran amputado una pierna.

    Me impresionó leer en su libro que, un día, usted decidió pedirle a la esperanza de encontrarlo que bajara los brazos.

    Bueno, ¿y? Soy así. Pesimista. La esperanza es un señuelo que te mantiene agarrado, yo diría que maniatado, y no tirando hacia delante, sino que te mantiene empantanado en un presente sin futuro. Yo me ponía metas, pero la esperanza siempre estaba ahí, jugándote la mala pasada. Hasta cuando vine a España, lo hice porque pensé que, si él pudo zafarse y acabar en Europa, igual volvía a verlo. Había una parte endemoniadamente loca de mí que me mantenía con ese señuelo. Y sabes que es ridículo, un delirio…

    Hasta que determine “matar la esperanza”.

    Y vivir más el presente. Lo tenía enfrente: mis hijos María, Juan Diego y Nur, que nació en España. Y ese period un presente concreto y apabullante. Que quería comer y quería verme sonreír. Eso es lo que decía Diego: que no nos borren la sonrisa y que no nos quemen la memoria y con ello quemen la memoria de mis hijos. Eso sí lo he conseguido. Nadie ha logrado quitarme la memoria ni la sonrisa.

    Cuando vino a España, hubo quien le dijo que aquí no iba a encontrar trabajo, porque ya había muchas actrices. ¿Le suena eso a prioridad nacional?

    Si a mí me dices que no puedo hacer algo, me das gasolina. Eso period, seguramente, lo que necesitaba para venirme arriba. ¿Que no me dejan actuar? Escribo. Escribí mis propias obras y estrené a mis poetas muertos, y monté mi escuela. Se lo sigo diciendo a mis alumnos a día de hoy: si no te llaman, crea.

    ¿Qué siente al ver triunfar a tantos actores y actrices que han pasado por su escuela?

    Para mí, lo hecho, hecho está. Es pure. Son ellos los que me recuerdan a mí. Me llama Raúl Arévalo, Marta Etura, Nathalie Poza, Antonio de la Torre, y me da placer, claro. Claro que no los olvido, pero no vivo de eso.

    ¿Huele el talento ajeno en cuanto lo ve?

    Sí. Se ve a un ser humano curioso, que duda, que está lleno de preguntas, que tiene una palabra para darte y para recibir la tuya, que tiene vivencias, que busca y lee cada libro que menciono. Las palabras entran por el oído del corazón. Yo a todo eso lo llamo talento.

    ¿Y el talento se puede adquirir?

    Hace falta mucho trabajo. Buscar sus raíces. Rememorar, recordar, para poder pasar por el corazón. La única manera de poder crecer es decirte: me falta esto en el cuerpo, libertad expresiva en mi instrumento, poder expresar lo que siento de la forma que deseo. Y ponerse a trabajar, trabajar y trabajar. Si quieres entregarte al otro, modificarlo, conectarte con él, dinamizar la sociedad, puedes intentarlo.

    ¿No se puede ser actor sin compromiso?

    Ni sin ideología ni sin sexo.

    No se puede tener compromiso con la vida si no se tiene libido. Hablo del sexo como libido, como deseo”

    ¿Perdón?

    No se puede tener compromiso con la vida si no se tiene libido. Hablo del sexo como libido, como deseo. Eso es lo que me hace poder seguir dando clases a pesar de todo y de todos. Si no, no estaría trabajando.

    ¿O sea, que tiene el deseo intacto a los 81?

    Pues claro. El deseo de poder distinguir lo bello, de seguir disfrutando de cosas que te alimenten el alma, de una obra de teatro, de cosas que te inspiren. Fíjate que eso es lo que yo noto alrededor: soledad y falta de libido, desde hace 20 años más o menos. Los jóvenes no vienen amoroseados de casa.

    ¿En la infancia, se refiere?

    Sí, está fallando eso de jugar realmente con los hijos a que descubran su propio cuerpo, que sus manos no sean muñones. A comer, no a tragar. A que la escuela sea divertida, no una obligación mecánica. Todo eso nace del amor y la atención de sus padres, el darle a ese cuerpecito de tu hijo la hermosa capacidad de la libido. Y noto, desde hace más o menos 20 años, que, con las prisas y la exigencia de hiperproductividad, muchos jóvenes se niegan a sentir.

    ¿Están cojos?

    Peor, están desencantados. Nacen como desencantados y no tienen ninguna confianza en el adulto. Yo me la tengo que ganar.

    ¿Ha sufrido o gozado más en la vida?

    Digamos que empecé sufriendo, pero también he gozado mucho. Supongo que un 50-50. Lo que sí estoy es muy, muy agradecida. Sin gratitud no se crece. Tuve maestros que lucharon para que nosotros tuviéramos presente. Algunos cayeron, a otros me los encontré en el exilio. Esa es mi felicidad, mi parte optimista. Mi felicidad, como lo llamas tú. Y eso no se toca.

    Habla de la memoria. ¿Teme perderla con los años?

    Me da pánico. Pavura, pavura, pavura es la palabra. Por eso la cuido. Leo y ejercito el vocabulario. Para mí, la palabra lo es todo.

    ¿Y qué importancia le da a la imagen?

    Yo nunca tuve demasiado problema con eso porque nunca me vi guapa. Y ahora veo las fotos y digo, pues no estaba mal. Pero a mí, desde adolescente, me gustaba gustar por la inteligencia. Además, entonces, se coqueteaba con que si eras de izquierdas o derechas, si leías a Sartre o a Camus. Period una coqueta de la inteligencia. Y eso no caduca.

    ¿O sea, que sigue coqueteando a los 81?

    Con la inteligencia, no hay otra. Con el afecto, con la calidez, con dar y recibir. Con estar viva para el otro.

    ‘UNA HISTORIA DE TEATRO Y RESISTENCIA’

    Ni en el título de su autobiografía ha querido Cristina Rota (Buenos Aires, 81 años) dejar de nombrar las dos pasiones y vocaciones que han guiado su vida. Desde su infancia, marcada por un padre ciclotímico y adicto al juego, y una madre resistente, a su adolescencia y su juventud, marcada por el compromiso político y artístico, al día que lo cambió todo: el 21 de marzo de 1976, cuando su marido, Diego Botto, no llamó a las 10 de la noche ni volvió a hacerlo nunca, desaparecido por la represión de la dictadura argentina. Rota, exiliada en España con sus hijos María, Juan Diego y Nur, desde 1978, ha educado a generaciones de actores y actrices que han aprendido de y con ella el oficio. Sigue yendo a la escuela y dando clase cada día.



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