Tras una estruendosa primavera, pronto llegará el verano con su metálica luz azul. El mundo se renueva a cada segundo, pero ¿y el lenguaje? Más allá de las actualizaciones de los diccionarios, que estampan el sello oficial a términos como farlopa, milenial o hashtag, de un tiempo a esta parte se publican muchos libros en torno a las palabras. Son obras de distinto pelaje, pero tienen en común que aportan reflexiones sobre la necesidad precise de remozar el lenguaje. Como decía Pier Paolo Pasolini, el mundo que debe construir la palabra es el mundo en el que vivimos.
Son publicaciones como La palabra que vence a la muerte, de Rob Riemen (Taurus); No hablarás. Imperio, identidad y política del lenguaje, de James Griffiths (Alianza); Diccionario de tristezas sin nombre, de John Koenig (Capitán Swing); Los nombres del mundo, de Ewan Clayton (Siruela); 20 razones para amar la lingüística, de Lorena Pérez Hernández (Plataforma); Lo que el lenguaje esconde, de varios autores (Filosofía&Co); La palabra que construye el mundo, de Pier Paolo Pasolini (Altamarea), o la reedición del clásico de Michel Foucault Las palabras y las cosas (Siglo XXI).
“El lenguaje no crea la realidad. No crea materia. Pero sí crea un halo de visibilidad en torno a determinados elementos o eventos del mundo y saca otros de nuestro campo de atención, ayudándonos así a coordinarnos en una dirección concreta para influir en nuestro entorno tanto positiva como negativamente. Solo hay que analizar los discursos recientes de líderes internacionales para constatarlo. Saturar los titulares de amenazas hiperbólicas, como ”Una civilización entera morirá esta noche“, claramente no mejora el mundo. Crear marcos lingüísticos de negociación, cooperación y mediación, sí”, reflexiona Lorena Pérez Hernández, catedrática en Filología Inglesa y doctora en Lingüística cognitiva de la universidad de La Rioja.
Foucault ya advirtió de que el poder produce verdades y silencia cosas. Hay que estar atentos al peligro de que el discurso oficial —o lo que ahora se llama “relato”— se identifique con un hecho social absoluto, como si la actualidad estuviera exclusivamente definida por la palabra crueldad: en la retórica de Trump algunos de los verbos más usados son aniquilar, aplastar, destruir y ganar. “Una de las mayores víctimas de la administración Trump no ha sido, como cube el viejo refrán, la verdad —que es la primera víctima de la guerra—. Han sido las palabras”, denunció hace poco la historiadora Mary Beard en la BBC.
Ante la precise corrupción de palabras como libertad o grandeza, Rob Riemen aboga por una resistencia ethical y cultural. “Proteger el sentido de las palabras es elementary. El peligro salta cuando las palabras pierden su sentido, y la gente no sabe en verdad de qué se está hablando. Es cuando la política se transforma en voces que solo dan propaganda y más propaganda”, reflexiona en conversación telefónica.
Frente a ello, el pensador holandés apuesta por una gramática de la vida, por el uso de palabras como perdón, que de un plumazo “consigue doblegar la muerte, insuflando vida a la persona que la recibe”, afirma.
De tu lengua y la mía
Pronunciar o escuchar términos como perdón o gracias, si es de corazón, puede llegar a implicar una transformación entre una persona y otra. No es tan raro. El ser humano es eminentemente lingüístico, y una palabra puede salvar o nos puede herir.
Y cuando no se encuentran palabras que se ajusten a lo que se quiere expresar, hay que echar mano de la imaginación. Es el caso del escritor John Koenig, que decidió crear y compartir conceptos ideados por él, al comprobar que muchas cosas que sentía no tenían un fiel reflejo en el lenguaje en circulación. Así, primero en un weblog y, más tarde, en su libro Diccionario de tristezas sin nombre, Koenig se inventó, por ejemplo, el término sonder —sentimiento de que cada persona con la que te cruzas en la calle tiene su propia vida y es protagonista de su propia historia—; anemoia —cuando miras fotos antiguas y sientes una punzada de nostalgia por un tiempo que nunca has vivido—; o eliptismo —tristeza de no saber cómo acabará la Historia de la humanidad—. En varias entrevistas, Koenig ha confesado que el motor de inspiración de su diccionario fue su fascinación por expresiones como duende en español, saudade en portugués o hygge en danés, que no existen en inglés.

Andando en el tiempo, la palabra sonder de Koenig cobró vida propia en web, donde se calcula que cada sesenta segundos se envían más de 251 millones de correos electrónicos y 18 millones de mensajes de texto. Esta asombrosa pink que nos conecta unos con otros supone un cambio sistémico de escritura, lo que implica una cierta reordenación del pensamiento, según Ewan Clayton, autor de Los nombres del mundo. Pero él es optimista, y no cree que la escritura a mano vaya a desaparecer nunca, ni la conversación. Probablemente, todo suma. “El texto escrito reproduce el habla, es a la vez menos y más que el habla: no registra la entonación, la velocidad, el volumen, los gestos ni las expresiones faciales, elementos que nos ayudan a interpretar los matices del significado de la palabra hablada”, reflexiona Clayton.
De ’fardialedra’ a ‘IA-zofia’
Las palabras, ya se sabe, vienen y van. La RAE lleva retiradas de la circulación más de 2.700 vocablos que reflejaron una época que ya fue. Son términos como demoñejo —del demonio—, palacra —pepita de oro—, o fardialedra —dinerillo suelto—. A su vez, en la calle circulan ya otras rabiosamente contemporáneas, como ecoansiedad, IA-zofi y viral.
A la hora de usar unas u otras, no es tontería pensar qué sendas lingüísticas se eligen para transitar. Porque escribir y hablar construye —y también destruye— mundos. El lenguaje como mecanismo de comunicación “es útil y a la vez peligroso”. “Pero en lo que realmente destaca es como instrumento de conceptualización, coordinación y acción y, por lo tanto, como medio para ejercer influencia, poder y cambios”, indica Lorena Pérez.
El idioma ruso tiene la palabra skloka, que significa hostilidad despreciable, la personificación de un espíritu maligno de un grupo contra otro, arrastrado por la bajeza ethical. Tal y como está la actualidad, tal vez está bien identificar esa sensación y vigilarla, antes de anegarnos en montañas de skloka. Habrá que reflexionar en las palabras que se usan. Es un grandísimo poder. En su libertad, cada persona tiene la capacidad de pensar por su cuenta. Eso no lo hace nada ni nadie más. Y menos que nadie, las máquinas.
