
Soy de Andalucía y, aunque la participación electoral ha sido mayor que en otros comicios, me duele pensar en la gente que no ha ido a votar. Reproduzco Cantares de Joan Manuel Serrat, y algo se aprieta dentro del pecho. Cuarenta años duró la dictadura. Cuarenta años en los que las palabras se guardaban en el fondo del estómago, porque decirlas en voz alta podía costar la vida. Los pasillos aprendieron a callar. Las casas, a escuchar antes de hablar. Hubo gente que metió su mundo entero en una maleta y cruzó una frontera sin saber si volvería. Hubo gente que murió entre rejas, de pena y de hambre, por el único delito de pensar distinto. Tantas voces. Tantos poetas. Que hoy siguen durmiendo en tierra ajena, como semillas que nunca encontraron su suelo. España está llena de silencios que todavía duelen. Y sin embargo, hoy puedes hablar. Puedes disentir, protestar, elegir. Puedes poner una papeleta en una urna sin que nadie te espere al salir. Ese gesto tan pequeño —tan cotidiano, tan aparentemente insignificante— fue el sueño imposible de muchos que no llegaron a verlo. No lo demos por hecho. No lo tiremos por aburrimiento o por decepción, que la democracia también se muere de indiferencia. Votar no es un trámite. Es una herencia. Y hay muertos que nos la dejaron muy cara.
Ana Uli. Sevilla
La gran quimera de toda una generación
En mi subconsciente late el deseo de una vivienda con tanta distancia que, cuando el otro día me preguntaron qué haría en el hipotético caso de ser Dios, mi respuesta brotó sin reflexión: construirme una casa. Seguramente una generación no marcada como la nuestra —la de los jóvenes— habría respondido con algún deseo utópico: acabar con la guerra, el hambre o el cáncer. ¿Hasta dónde estaremos llegando para que ser propietarios —y todo lo que eso implica: estabilidad, independencia, un proyecto de vida— se haya convertido en la gran quimera de toda una generación? Porque, aunque soñar todavía no desgrava el alquiler, parece que es lo único que nos queda. Sobre todo, esos primeros días del mes en los que aún no he pagado los 800 euros de un piso de apenas 45 metros que solo puedo permitirme gracias a mis padres. Entonces esos días pienso en todo lo que podría ser y no es.
Dalia Zambrana Pujazón. Málaga
Una atención sanitaria digna
La sanidad pública no está colapsando por casualidad. Se está deteriorando por acumulación de decisiones que han normalizado la falta de recursos, las listas de espera interminables y la sobrecarga de los profesionales. Se habla de saturación como si fuera inevitable, cuando en realidad es consecuencia de una gestión que prioriza el corto plazo sobre la sostenibilidad del sistema. Mientras tanto, los pacientes aprenden a esperar y los profesionales a resistir. Pero la sanidad no puede sostenerse solo con vocación. Cuando el desgaste se convierte en norma, lo que está en juego no es la eficiencia, sino el derecho a una atención digna.
José Manuel Agut García. Almassora (Valencia)
Otro año sin la Reina
Otro año más se celebra la final de la Copa de la Reina sin la presencia de doña Letizia. El fútbol femenino, gracias a las jugadoras, al respaldo de RTVE con las retransmisiones, y a la inclusión en las quinielas recientemente, está llenando estadios y llegando donde jamás pensaron las pioneras que llegaría. Todavía está lejos de la igualdad plena pero los pasos están siendo de gigante. Qué pena que la Reina no considere importante esos gestos ya que su presencia contribuiría aún más a dar visibilidad al fútbol femenino. Esperaremos otro año para comprobar si, entre sus prioridades, está apoyar a las mujeres en el deporte. Mientras tanto nos seguiremos quedando con su asiento vacío.
Elena Serrano Rodríguez. Sagunto (Valencia)