
La decisión del rey Felipe VI de viajar a México para asistir el 26 de junio al partido del Mundial de fútbol entre España y Uruguay va mucho más allá del ámbito deportivo. El anuncio llega en un momento delicado para la relación entre ambos países y, por esta razón, adquiere un valor político y diplomático notable. Hay gestos que, sin necesidad de grandes discursos ni proclamas solemnes, ayudan a desactivar tensiones, a reconstruir la confianza y a recordar algo esencial: la relación entre México y España es demasiado compleja y estratégica como para quedar atrapada en polémicas absurdas y en mezquinos cálculos destinados al consumo interno.