Durante aquella mili universitaria pagada a plazos en la Academia de Artillería de Fuencarral salió EL PAÍS. Ese primer ejemplar no me hizo adivinar la influencia que tendría en mi vida. Tampoco que, cinco años mas tarde, aquel basic que nos saludaba cordialmente en su despacho, y que solo por eso nos parecía que simpatizaba con el incipiente aperturismo militar democrático, iba a encontrármelo en su primera pagina ante mis ojos desorbitados. Las revistas Triunfo y Por favor satisfacían aquellos años mis inquietudes políticas, pero esto fue otra cosa. Desde aquel día 4 de mayo de 1976 dejé Informaciones (del que me ha quedado la costumbre de leer el periódico por la tarde) y, excepto algún viaje al extranjero donde no lo encontré, EL PAÍS ha estado conmigo cada día. Todas las tardes mi mujer y yo nos partimos sus hojas: la parte central, a partir de Opinión, me la quedo yo; ella el resto de secciones. Después intercambiamos. Sin estos 50 años con este periódico y con esta mujer yo no sería el mismo.
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