La muerte en Madrid del pintor, grabador y músico Manuel Alcorlo (Madrid, 1935) arrebata a la vitalidad artística española a uno de sus protagonistas de mayor humanidad y talento. De portentosa imaginación plástica, gozó de tan holgada personalidad artística como para no verse adscrito ni abducido por ninguna escuela pictórica. Sus obras combinan un feliz sincretismo de estilos unificado por un legado de erudición y sensibilidad clasicista. El excelso dibujante, que tenía 91 años, consideraba “el dibujo como armazón imprescindible de la Pintura”, según confesaba. Supo desplegar con grata desenvoltura toda la cinética que la tectónica del dibujo procura al Arte. Un connaisseur convencional lo definiría como pintor figurativo de troquel expresionista a cuya obra añadía destellos de refinado surrealismo.
Manuel Alcorlo había nacido en la portería del Resort Inglés, el mejor de Madrid en su época, situado en la plaza de Las Cortes, 11, a un latido del Museo del Prado del cual llegaría a ser asiduo y fascinado visitante. Su padre period mozo del resort y su madre, con tres hijos más, trabajaba como niñera de los hijos del dueño. Aquejado de una cojera que le hizo pasar en cama gran parte de su infancia, ávido lector desde entonces, Manuel sorteó el destino que, como niño cojo y pobre de la posguerra española, le aguardaba: el de convertirse en zapatero remendón, cometido al que se veían abocados entonces los infantes lisiados de su misma condición social, según afirmó en distintas ocasiones.
Comenzó en edad muy temprana a dibujar en papel de estraza, cuya rígida rusticidad sucumbía ya entonces a la perdurable viveza de su genio como dibujante. Tanto period así que en un colegio franciscano de la calle de Las Huertas donde estudiaba, uno de sus maestros, formado en la Institución Libre de Enseñanza, al percatarse de su talento, le absolvió de estudiar Matemáticas para que se consagrase al dibujo. Él lo tomaba del pure tanto en desnudos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid como en el Zoológico del Retiro o bien del Museo de Reproducciones Artísticas, a la sazón ubicado en el Casón del Buen Retiro. Fue allí donde se impregnó de la serena grandeza de la estatuaria griega y romana. Asimismo, adquirió la afición a sumergirse en los museos, de donde extraería la información con la que acrecentar la sensibilidad que comenzó a verter libérrimamente sobre sus obras, óleos y grabados, caracterizados, en ocasiones, por trasuntos sociales actualizados, salpimentados de humor y finísima ironía. Su vocación plástica, condimentada por una amplia formación literaria y una depurada sensibilidad musical, cristalizaría en una expresividad cargada de originalidad y frescura: esas dimensiones cuya fusión las religiones denominan gracia y el pensar laico outline como armonía important pura.
Alumno de la Escuela de Artes y Oficios, luego de la Real Academia de San Fernando, su primera exposición databa de sus 20 años. No vendió entonces una sola pieza; pero, poco tiempo después, se consagró en el Ateneo de Madrid con otra muestra, en esta ocasión exitosa. Su crédito se acrecentó paulatinamente y su singularidad atrajo, ya desde entonces, una devota clientela.

En 1960 Manuel Alcorlo consigue una beca como pensionado en la Academia de España en Roma; a su llegada, quedó tan impresionado por a belleza que desde su luminoso ático contemplaba, que quedó paralizado un tiempo sin poder apenas tomar el pincel. Fue compañero suyo el arquitecto navarro Rafael Moneo, con el que años después coincidiría en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. A ella accedió a propuesta de los académicos Luis García Ochoa, José Hernández y Antonio Gallego, con un discurso de ingreso relativo a la imaginación artística del poeta y pensador Francisco de Quevedo. Alcorlo se confesaba deudor de Piero della Francesa, Andrea Mantegna y Francisco de Goya, al cual profesaba una irrestricta devoción. Conocía a fondo el expresionismo germano y el surrealismo e impresionismo franceses. Ilustró con soberbios grabados libros de príncipes de las Letras en español como Guzmán de Alfarache, Jorge Manrique, Antonio Machado o Pablo Neruda, entre otros.
Delegado de Dibujo en la Academia, impartía esta disciplina en cursos durante los cuales, mientras sus alumnos dibujaban, él interpretaba al violín piezas de Bach o de Mozart. La Universidad japonesa de Nara requirió sus servicios como docente y de allí se trajo la influencia de los artistas nipones Hiroshige y Hokusai, de los cuales tomó la afición pictórica por los colores planos y la escenificación decorativa, según reconoció el pintor madrileño en conversación con Vanessa García Osuna. Como grabador se consideraba discípulo de Dimitri Papageorgiu, al que ayudaría a instalarse en España. Alcorlo llevó su arte a las principales salas de Madrid, Roma y Viena, entre otras ciudades europeas.
Obra con carga simbólica
“Sus obras se veían dotadas de una singular carga simbólica”, al decir de su compañero y académico en la Actual Academia de Bellas Artes de San Fernando, José María Luzón, con el que coincidió cada lunes, durante veinte años, en el palacio dieciochesco de la madrileña calle de Alcalá; “destacaba por su afabilidad, su simpatía pure y su buena disposición”. Y añade: “como dibujante, period capaz de lograr todo lo que se propusiera hacer con la línea, con la que jugaba impregnando sus obras con un simbolismo singular, absolutamente excelente y propio”. Para el dibujante Manuel Junco, “period un figurativo admirable, asumiendo retos innovadores desde el clasicismo”. Según el dibujante y pintor Enrique Cavestany, seis años presidente de la Asociación de Artistas Plásticos, “Alcorlo period una persona entrañable, siempre dispuesto a arrimar el hombro en toda iniciativa colectiva que se le propusiera”, afirma. “Su estilo resultaba incatalogable por su originalidad, que rebasaba los límites de cualquier escuela. Pese al riesgo que contrajeron los artistas figurativos de resultar eclipsados por el potente golpe innovador que sobre el tablero del Arte español dio en 1958 el grupo El Paso, Alcorlo creó una impronta propia merced a su impar personalidad artística pues period, en verdad, un académico en el sentido clasicista del término”.

Entre sus obras más señeras y cercanas destacan las pinturas al fresco del techo y los arcos de la iglesia de San Nicasio, joya arquitectónica de Ventura Rodríguez, ubicada en el municipio madrileño de Leganés. Pese a su acentuada cojera, Alcorlo permaneció seis meses pintándolas, encaramado en un andamio a siete metros de altura sobre el suelo del templo. “En ocasiones”, confirmó a este periodista, “até el pincel al extremo de mi bastón para así poder llegar a los rincones más alejados del techo y los arcos”.
Manuel Alcorlo ha estado casado con la pintora Carmen Pagés durante 58 años. Ella reconoce “la dicha de haber vivido todo este tiempo a su lado”. Han tenido dos hijos, Paloma y Martín. En Cadalso de los Vidrios, donde el matrimonio pasaba temporadas, la pintora naif Berta F. De Pablo subraya la emoción que sintió al conocerlos, “por lo que aprendí de ambos y por la emoción que despertaban dos pintores como ellos en mí, que desde que tuve uso de razón quise dedicarme a la pintura”. Y añade, “el retrato que hizo de mi hermano Enrique muestra la grandeza de Manuel como prodigioso dibujante”. En el estudio del pintor, en la madrileña calle de Hortaleza, 100, el zaguán de entrada al portal exhibe su autorretrato, un regalo a sus convecinos, efigiado en el mismo lugar en el que la obra, de dos metros de altura, se exhibe. Ya septuagenario, escribió dos libros, La mujer y el vampiro (2010) y dos años después, Carta Blanca a Joan Guinjoan. Desde la pandemia del coronavirus, en 2020, su trepidante actividad se vio menguada: por una dolencia en la espalda, pintaba sentado frente al caballete. Un periodista afirmó de él que, “sus pinturas y grabados conservan siempre la inocencia de las religiones nacientes”. Por decisión acquainted, su sepelio se celebró en la más estricta intimidad.
