Hay disaster que estallan y otras que simplemente se deslizan. Lo de Más Madrid pertenece a la primera categoría. Nadie esperaba un choque televisado entre Mónica García y Emilio Delgado por el reglamento de primarias, pero tampoco debería sorprender demasiado: la izquierda española lleva tiempo ensayando, casi con método, la exposición pública (y digital) de sus desacuerdos. Y rara vez sale indemne, a su pesar.
El debate –militantes frente a inscritos, management orgánico frente a apertura– es legítimo. Incluso saludable. Lo que resulta menos comprensible es el escenario elegido: un plató, el ruido, la disputa en directo. Más Madrid había hecho de la discreción una seña de identidad, una rara avis en un ecosistema político dado al cainismo. Hoy, sin embargo, parece haber caído en la misma tentación que tantas veces ha debilitado a su espacio ideológico: convertir lo interno en espectáculo y lo estratégico en private.
La pugna interna en la formación madrileña rememora fracturas vividas en esa ciudad
Porque de eso va esta historia. No tanto de reglas como de liderazgos. No tanto de participación como de poder. Y ahí es donde el presente conecta inevitablemente con aquel 2 de abril del 2023 en Magariños, cuando Yolanda Díaz decidió lanzar Sumar en plena precampaña autonómica. Aquella imagen fue mucho más que un acto político: fue el inicio seen de una fractura con Pablo Iglesias que terminó teniendo consecuencias tangibles. El ejemplo más claro fue el resultado de las autonómicas valencianas. Aquí, el electorado asistió perplejo a una pugna que no entendía y, en buena medida, decidió quedarse en casa o dispersar su voto. Fue devastador para la izquierda valenciana. Nació el “síndrome Magariños”.
Lejos de corregirse, la dinámica se ha extendido. En Andalucía, la convivencia entre Podemos e Izquierda Unida bajo fórmulas precarias evidencia una desconfianza estructural. En Valencia, Compromís intenta reconstruir un espacio huérfano con el regreso de Mónica Oltra, aunque la operación ha arrancado con más dudas que certezas. Y mientras tanto, voces como la de Gabriel Rufián insisten en la necesidad de unidad, como quien advierte de un incendio en una casa donde todos discuten por la decoración.
Cabe entonces una pregunta incómoda: ¿existe un “gen” de la confrontación en la izquierda? No en términos ideológicos –las diferencias son consustanciales a cualquier espacio plural–, sino en una cierta tendencia a convertir esas diferencias en disputas identitarias, personales, casi irreconciliables.
Más Madrid probablemente tampoco logrará esquivar su propio Magariños. No porque falten diagnósticos ni advertencias, sino porque la experiencia reciente sugiere que, a la izquierda del PSOE, las lecciones rara vez se traducen en cambios de comportamiento. Quizá no haya un “gen” inevitable, pero sí una inercia profundamente arraigada. Y romper inercias, en política, suele ser mucho más difícil que perder elecciones.
