Todo Presupuesto es un documento político, y el que han empezado a negociar los líderes europeos es una declaración de intenciones sobre el futuro de Europa y la correlación de fuerzas para definirlo. La cumbre de ayer evidenció las posiciones ante el proyecto de Presupuesto comunitario de 2028 a 2034 que la Comisión Europea presentó hace 11 meses. El proyecto ha sido criticado de origen por falta de ambición para un momento histórico cuyos riesgos no discute nadie. Esa coyuntura obligaba a diseñar unas cuentas no solo para seguir garantizando los tradicionales beneficios al sector agrícola y a la cohesión territorial, y apoyar las agendas verde y digital. El mundo vive un cambio acelerado del que la UE puede quedar descolgada, y esto exige financiar las nuevas prioridades de una defensa autónoma y una industria tecnológica competitiva.
El peligro del proyecto que está sobre la mesa es que el sacrificio de algunas prioridades por otras consiga colocar en contra del necesario gasto militar a sectores sociales significativos y con una gran capacidad de movilización, que ven la relación directa entre recortes a su bienestar y el nuevo gasto en defensa. Aunar ambos objetivos, prosperidad y defensa, es indispensable.
Para ello debe aumentar el tamaño del marco presupuestario para los próximos siete años. La UE se ve obligada a ir sustituyendo el manto defensivo de EE UU en países como Ucrania y el flanco Este fronterizo con Rusia. Ya en septiembre de 2024 el informe Draghi calculaba en 700.000 millones de euros las inversiones anuales adicionales indispensables, y esa estimación ha ido aumentando. Contra estas necesidades evidentes, en lugar de crecer, el proyecto de Presupuesto se estancaba respecto al anterior, apenas por encima del 1% del PIB comunitario. La cifra no convencía a nadie. La presidencia chipriota, en vez de aumentarlo, recortó la propuesta un 2%. Los llamados países frugales, un eufemismo para aquellos partidarios de la austeridad, como Alemania o Suecia, lo consideraron poco agresivo. Los 16 llamados “amigos de la cohesión”, entre los que se cuenta España, reivindican mayor inversión.
En la negociación se puede considerar un avance la propuesta hecha en esta cumbre de aprobar nuevos recursos en forma de impuestos menores a criptoactivos y apuestas digitales. Pero las esqueléticas cifras siguen sin cuadrar con las ambiciones de la Unión, y menos aún con los enfáticos discursos de sus líderes. En un momento crítico para la UE, este no es Presupuesto más. Son acertados los discursos de alarma ante la amenaza de Rusia y la retirada de EE UU, la revolución tecnológica en la que la UE puede quedarse atrás, y la presión de unas elecciones en Francia dentro de un año en las que una victoria de la extrema derecha podría terminar con el proyecto europeo tal como lo hemos conocido hasta ahora. El Presupuesto común necesita una ambición a la altura de estos desafíos, y el precise no la tiene.
