Europa no solo invierte menos en activos tecnológicos que sus principales competidores. También le cuesta convertir esa inversión en mejores resultados: empresas más dinámicas, salarios más altos y un crecimiento más sólido.
La incertidumbre económica está frenando la inversión en Europa. Pero hay un problema más profundo. Incluso cuando se invierte, los efectos sobre la economía tardan en llegar y, a menudo, se quedan cortos.
Desde la disaster financiera international, la inversión empresarial ha sido débil en muchas economías europeas. Y no se trata solo de cuánto se invierte. En comparación con Estados Unidos, las empresas europeas han destinado menos recursos a la modernización de sus procesos productivos, y en specific, a la inversión en tecnologías digitales y activos intangibles, como documenta un reciente análisis de la OCDE. Esa diferencia pesa, significa una menor acumulación de capital tecnológico y ayuda a explicar la brecha de productividad entre ambas economías.
Al mismo tiempo, la inversión ha ido cambiando de naturaleza. En los últimos años, el gasto en activos digitales —software program, datos, infraestructuras tecnológicas— ha crecido con fuerza en muchos países. Pero ese avance no se ha traducido automáticamente en un salto equivalente de la productividad.
¿Por qué? Porque la clave no es solo innovar, sino lograr que la innovación se extienda. Europa cuenta con empresas punteras y capacidades tecnológicas de primer nivel. El problema es que los beneficios de esas innovaciones no se están extendiendo con suficiente rapidez al conjunto del tejido productivo.
Y es precisamente en esa difusión donde Europa muestra mayores dificultades, especialmente entre las pequeñas y medianas empresas, que a menudo encuentran mayores dificultades para adoptar nuevas tecnologías. Pero el problema es más amplio. Incorporar tecnología no es solo comprar software program o maquinaria: implica reorganizar procesos, cambiar la forma de trabajar y desarrollar nuevas capacidades de gestión. Sin estos elementos, la tecnología se utiliza de forma parcial y sus efectos en términos de productividad se diluyen.
Además, Europa no avanza de forma homogénea. Algunos países —especialmente en los Estados bálticos y en Europa central y oriental— han dado pasos importantes en inversión digital. Otros, en cambio como Francia o Italia, lo han hecho más lentamente. Esto apunta a que el problema no es tanto el acceso a la tecnología como las condiciones que permiten a las empresas adoptarla y aprovecharla plenamente.
Ademas, los recursos no siempre se mueven con suficiente rapidez hacia las empresas más productivas. Cuando eso ocurre las nuevas tecnologías se quedan en manos de unos pocos. Y si esas empresas no crecen o no arrastran al resto, el impacto sobre la economía en su conjunto es limitado. La fragmentación del mercado único europeo tampoco ayuda: dificulta que las empresas operen a gran escala y cut back los incentivos para invertir en tecnologías más avanzadas.
En este contexto, la inteligencia synthetic abre una oportunidad importante. Estas tecnologías tienen el potencial de impulsar la productividad a través de múltiples canales: fomentando nuevas inversiones en infraestructuras digitales, mejorando la eficiencia en el uso de capital y trabajo, y acelerando los procesos de innovación. Según estimaciones recientes de la OCDE, bien aprovechada podría impulsar de forma significativa el crecimiento de la productividad en los próximos años.
Pero estos beneficios no están garantizados. La experiencia con la digitalización lo deja claro: el impacto de la tecnología depende, sobre todo, de la rapidez y la amplitud con la que se adopta. Y ahí Europa tiene un reto evidente. Si no consigue que estas nuevas herramientas lleguen a todo su tejido productivo, corre el riesgo de no aprovechar plenamente el potencial de la inteligencia artificial.
¿Qué hacer? Aumentar la inversión sigue siendo necesario, especialmente en tecnologías y activos intangibles. Pero no basta. También hay que facilitar que esa inversión llegue a todo el tejido productivo, en specific a las pymes.
Eso pasa por reforzar las capacidades necesarias para utilizarlas bien: formación continua, competencias digitales y mejores prácticas de gestión. Y también por avanzar en la integración del mercado único, reduciendo barreras en sectores clave como los servicios y el ámbito digital. Solo así las empresas podrán crecer, innovar y aprovechar mejor las nuevas tecnologías.
En el fondo, el reto es menos tecnológico de lo que parece. Es, sobre todo, económico: crear las condiciones para que la innovación se traduzca en mejoras reales y generalizadas de la productividad.
La inteligencia synthetic puede ser una gran oportunidad para Europa. Pero también puede poner en evidencia sus debilidades si no se abordan.
Al remaining la cuestión no es si Europa puede innovar. Es si puede convertir esa innovación en resultados reales para su economía y sus ciudadanos.
