La creadora y protagonista de la serie Ladies, Lena Dunham, ha publicado unas memorias tempranas. Al éxito precoz le suele suceder una hecatombe precoz y tiene valor contarlo. Tituladas Famesick, que vendría a ser algo así como el mal de fama, un poco al modo del mal de altura, en ellas hace recuento del serial de intervenciones quirúrgicas por problemas en el endometrio y las adicciones que le provocaron los dolores, pero también los desequilibrios de la alta exposición mediática. Retrata símbolos comunes, como esa inclinación de los famosos a relacionarse sólo con famosos, y especialmente las dificultades de las mujeres para acoplarse al modelo de éxito y poder que durante años servía para los hombres y que a ellas les resulta desalmado y angustioso. Quizá necesitan inventar una referencia propia y el camino, que es apasionante, lo tienen que forjar sin referentes. Cuenta cómo se viven el amor, los celos y la infelicidad bajo los focos. Habla del desamparo lujoso de quien llama de madrugada a un asistente para que le recuerde la contraseña de su computadora, el código de la puerta de casa o para que avise a un physician porque sufre un ataque de ansiedad a minutos de que la recojan para una entrevista televisada.
No es por accidente que las vidas de gente como Michael Jackson, Whitney Houston, Prince o Matthew Perry acabaran con un frasco de pastillas descorchado en la mesilla. Hay algo en este mal de la fama que vendría a definir la época moderna con esta nueva dolencia que reúne en un mismo trauma el deseo ferviente de ser alguien con la tentación de lograr vivir en paz. La máxima contradicción se puede apreciar en el constante equívoco de llamar éxito a lo que es fracaso y fracaso a lo que es éxito, sencillamente por la confianza excesiva en el criterio de la masa frente al criterio propio. Los medios de comunicación no ayudan con su terca tendencia a lamerle los pies al éxito, como si no tuviera ya suficiente premio lo fashionable con su popularidad y mereciera además el galardón añadido del refrendo de los estreñidos al elogio fácil, siempre tan necesarios. La invención del cine trajo consigo la fabricación de una personalidad para hacerse ver por los demás. Con las redes sociales en el nuevo siglo esa personalidad digital se expandió hasta formalizar un mundo aparte, que choca constantemente con el mundo actual, desequilibrándolo. Anteriormente las relaciones se sometían a lo presencial, ahora dejarse ver es más importante que existir.
La enfermedad de lograr la fama sin antes afinar el proyecto que la sustenta provoca malos entendidos constantes. Los amoríos tienen más de posado para los otros que de placer privado y hasta las disaster se televisan para ver si se le puede sacar un rédito a la depre o a la cura de desintoxicación, ya puestos, porque el coste precisa patrocinio. Se explota tanto el vacío que el vacío acaba por llenarlo todo, y ya sabemos que la impostura y el fraude son dos plantas que crecen sin tierra debajo. Igual que la flor del almendro paga su temprana aparición con el destrozo de un fuerte chaparrón o una granizada previos a que se asiente la primavera, así también la precipitada exposición de quien aún está formándose acarrea consecuencias demoledoras. Al conmemorar los 100 años del nacimiento de Marilyn Monroe intuimos que fue la primera mártir de este nuevo mal cuyo diagnóstico aún no somos capaces de establecer porque ni siquiera hemos reconocido la enfermedad.
