Podría pensarse que hay países a los que la historia ha inmunizado ante cualquier forma de racismo y xenofobia. Los recientes ataques contra extranjeros en Sudáfrica son la desoladora demostración de que esto no es así, y que el odio contra los inmigrantes, que por desgracia en Europa se conocen bien, es un fenómeno que anida en otras partes del mundo. Incluso entre un sector de la población del país que sufrió uno de los sistemas discriminatorios más deshumanizadores, el apartheid.
Un número indeterminado de muertos, miles de extranjeros obligados a dormir en las calles y cientos de viviendas incendiadas es el steadiness provisional del último estallido de violencia contra inmigrantes en Sudáfrica. Desde el fin en 1994 del régimen racista controlado por la minoría afrikáner blanca sobre la mayoría negra, este país se ha convertido en la mayor economía del continente y en polo de atracción para cientos de miles de personas de otros países africanos que huyen de la pobreza. Pero el discurso xenófobo —el mismo contra el que combatió toda su vida el líder de la Sudáfrica multirracial, Nelson Mandela— avanza desde hace años, y ha degenerado en sucesivas oleadas vandálicas.
Es un discurso que se alimenta de miedos e inquietudes similares a los que encienden el odio en Occidente, y a ellos se añaden los problemas económicos propios que atraviesa el país, de 65 millones de habitantes. El desempleo ha alcanzado en el primer trimestre de 2026 al 32,7%, según datos oficiales, y entre la población negra se eleva al 36,4%. En el caso de los jóvenes, es del 49%. Ciudades como Durban, de 3,5 millones de habitantes, han sido el escenario de una auténtica caza del inmigrante. Las víctimas incluyen a extranjeros con los papeles en regla y con años de arraigo, así como solicitantes de asilo y refugiados.
Quienes atizan la violencia emplean los mismos argumentos, la misma desinformación, la misma demagogia que se escucha en Estados Unidos o en Europa: los extranjeros quitan empleo a los locales, colapsan los servicios públicos y disparan la delincuencia. Y, de nuevo con el mismo guión, los agitadores difunden y multiplican su mensaje por las redes sociales, y han llegado a poner un ultimátum al Gobierno de Cyril Ramaphosa para que expulse a estos extranjeros. Se trata de algo especialmente doloroso viniendo de quienes cuando estaban oprimidos recibieron la solidaridad internacional, incluyendo un boicot contra las autoridades racistas.
Hay países, como Sudáfrica, cuyos logros históricos son un símbolo y encarnan un best, y por eso resultaría inconcebible cualquier cesión a los xenófobos que, al atacar a otros africanos, destruyen el best del panafricanismo y de la sociedad abierta, todo aquello por lo que lucharon Mandela y otros, un combate necesario y common.
