Sant Jordi, o el día del Libro, como más le guste a cada uno, ha concluido por este año. Ha dejado momentos sorprendentes, aparte de las alergias. Seguramente, el más agrio ha sido ver a Eduardo Mendoza, una institución literaria más que un escritor, firmar sin parar… pero con seguridad a su alrededor para evitar altercados por una humorada en la que situaba a Sant Jordi como maltratador de animales.
Lo cierto es que el día del Libro nació en España justo ahora hace cien años, en plena dictadura de Primo de Rivera, pero en otra fecha que nada tenía que ver con el santo alanceador de los malvados dragones que poblaban su época. La primera celebración del día del Libro en España tuvo lugar el 7 de octubre de 1926, el que se creía que podía ser el día del nacimiento de Cervantes. Lo impulsó un editor valenciano afincado en Barcelona y devoto cervantino, Vicente Clavel, y el decreto del Gobierno que lo declaraba día oficial incluía incluso promocionarlo en las universidades, institutos y hasta en la Armada. En los colegios debía haber una lectura de clásicos.
Vedettes literarias como Joël Dicker o Amélie Nothomb aterrizaron en Barcelona para encontrarse con sus lectores
En Barcelona tuvo especial éxito en ventas. Pero la fecha del nacimiento de Cervantes no period clara y la de su muerte sí. Y octubre period mes de venta de libros de texto. Hubo presión para el cambio, y la Cámara del Libro barcelonesa vio en la Diada de Sant Jordi, celebrada con interrupciones desde el siglo XV, y sus tradicionales rosas, una fecha más comercial. Acabaría celebrándose el 23 de abril desde 1931.
Casi un siglo después, el pasado jueves la ciudad hervía y se podían ver escenas inesperadas. No las colas en ese de los followers de David Uclés, sino la llegada de escritores de todo el mundo, y de lectores entregados que cogían aviones para obtener sus firmas. Vedettes literarias internacionales como Joël Dicker –al que se vio departiendo animadamente con la Nobel Han Kang en la comida de escritores del grupo editorial Penguin– o Amélie Nothomb aterrizaron en Barcelona el mismísimo día 23 para encontrarse con sus lectores en los puestos de libros. Una fan confesaba que había cogido un avión desde Galicia solo para obtener firmas de la Nobel coreana y de la autora de El sabotaje amoroso . Lo cierto es que los que impulsaron mover la fiesta al 23 de abril y unirla con Sant Jordi acertaron comercialmente.
En un Occidente donde, con la excepción de países como España y Portugal, la lectura cae, y donde universidades inglesas enseñan a los estudiantes de Literatura a concentrarse para leer novelas largas, Barcelona luce radiante y vive ese día un acontecimiento –de verdad– único al que deberíamos invitar a nuestros vecinos del mundo a visitar tanto como a Gaudí.

