La antigua ciudad de Dunhuang, en la provincia china de Gansu, emergió como un oasis en mitad del desierto. Durante siglos, este singular enclave de la Ruta de la Seda funcionó como centro de culto y aprendizaje budista. Generaciones de monjes y peregrinos excavaron santuarios en los acantilados rocosos de Mogao, cuyo conjunto de cuevas fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Hasta allí viajó en 2012 el compositor chino Tan Dun (Hunan, China, 68 años) para estudiar sobre el terreno las pinturas, las esculturas y los manuscritos que aparecieron ocultos en una misteriosa cámara sellada. De aquel viaje surgió su monumental oratorio Pasión de Buda, que la Orquesta y Coro Nacionales de España interpretará en tres conciertos, desde hoy, viernes, hasta el domingo, en el Auditorio Nacional de Madrid, conducida por el propio compositor.
Además de ser una de las figuras más influyentes de la música sinfónica contemporánea, Tan Dun ha compuesto bandas sonoras memorables, como la de Tigre y dragón, por la que ganó un Oscar en 2001. “Guardo un magnífico recuerdo de mi primera experiencia con la ONE hace ya 16 años”, cube sobre su debut en el Auditorio Nacional en compañía del pianista Lang Lang. “Fue un encuentro cargado de energía y curiosidad por ambas partes que me permitió conocer a una de las formaciones más prestigiosas del mundo. Dirigirla de nuevo será como abrazar a un viejo amigo al que hace mucho tiempo que no ves”, cuenta desde su estudio de Shanghái, a 11.000 kilómetros de Nueva York, donde reside la mitad del año, antes de viajar a Madrid.
En 2018, Tan Dun dirigió a la Filarmónica de Múnich y la Academia Coral de Lübeck durante el estreno en Dresde de la Pasión de Buda, un suntuoso lienzo sonoro que fusiona la monumentalidad del oratorio occidental con la estilización de la ópera china. “Aunque la obra nace en Oriente, le habla también a Occidente, igual que las Pasiones de Bach, la Oda a la alegría de Beethoven o el Réquiem de Mozart resuenan con fuerza entre los músicos asiáticos, que llevan décadas interpretando estas piezas”. Y añade: “No importa de qué lado vengas: desde el centro del puente la vida resulta mucho más hermosa”.
“En los murales de Mogao descubrí un imponente archivo sonoro: música, instrumentos y partituras antiguas que recreaban episodios de la vida y las enseñanzas de Buda”, prosigue. “Me propuse entonces hacer sonar aquellos frescos milenarios”. Para ello utilizó réplicas del chiba (flauta), el bili (oboe de caña) y el sheng (órgano de boca), que mandó fabricar a partir de modelos de la dinastía Tang y con las que formó el Dunhuang Historical Music Ensemble, su specific laboratorio de arqueología musical.

La partitura incorpora dos instrumentos tradicionales chinos (la pipa, un tipo de laúd, y el xiqin, un cordófono frotado, related al violín) a una plantilla orquestal de gran formato que cuenta con una nutrida sección de percusión: gongs, tambores, campanas, piedras… “El pizzicato de los violines imita la técnica de la pipa, que es muy parecida al rasgueo de la guitarra española, lo cual facilita mucho el trabajo”, celebra con su routine entusiasmo. “Adoro el flamenco, la cultura española y esa delicia gastronómica que ustedes llaman tapas y que los chinos ya hemos incorporado a nuestra dieta”.
La Pasión de Buda requiere además un coro multitudinario, un cuarteto de voces de filiación belcantista, un cantante de música folclórica centroasiática y una bailarina que ejecuta sobre el escenario la técnica del fántán pípá, esa postura imposible en la que los músicos de los murales tocan el instrumento por detrás de la cabeza. “Para alcanzar la armonía entre cuerpo y mente me he inspirado en ciertos movimientos del kung-fu, que no es el arte de la lucha que muchos se piensan, sino una filosofía del equilibrio, como bien demostró Bruce Lee”, explica.

El audaz ejercicio de sincretismo musical de la Pasión de Buda plantea un diálogo secreto con la tradición litúrgica de Bach. “Mientras la componía, me sentía como un pintor con una inmensa paleta de colores para ir dando forma y brillo a temas universales como el amor, el perdón, el sacrificio o la salvación”. Esa búsqueda de “una ética secular de la compasión” convierte el oratorio de Tan Dun en la primera Pasión de la historia basada en una narrativa budista en lugar de cristiana. “La música no tiene un principio ni un last, sino que fluye, como el agua de un río invisible, a través de las personas”.
La obra, que el compositor grabó en 2019 al frente de la Orquesta Nacional de Lyon, adquiere una dimensión escénica y ritual, casi operística, en el transcurso de seis actos que entrelazan los sonidos ancestrales de Dunhuang con cánticos basados en textos de figuras clave del budismo chino, como el venerado maestro Hsing Yun o el patriarca Huineng. “Vivimos tiempos difíciles, pero la historia sube y baja como las olas”, reflexiona. “Conocemos la capacidad de destrucción del ser humano, pero no hay razón para ceder al pesimismo, pues disponemos de una eficaz medicina para curarnos: la música y las artes”.

Como el protagonista de su ópera Marco Polo, la vida de Tan Dun es la historia de un largo viaje (de Si Mao a Pekín y de allí a Nueva York) en el que ha aprendido a “alcanzar la simplicidad a través de experiencias complejas”. Durante la Revolución Cultural, trabajó como plantador de arroz en una comuna de Hunan, donde soñaba con convertirse algún día en chamán. “Creo que al last lo he conseguido”, cube y ríe. “La función de un compositor y director es la misma que la de un médium que escucha el pasado y lo traduce al lenguaje del futuro. En mi caso no con palabras, sino a través de la música”.
