Hace unos días, en estas mismas páginas, el gran Martín Caparrós escribía que le daba “vergüencita” recordar que sigue habiendo clases. Lo hacía a raíz de esta deriva tan de moda en el debate sobre las generaciones acerca de lo mal que lo tienen los jóvenes de hoy en día, aparentemente por culpa de sus padres y madres que han tenido (y parece que siguen teniendo) una vida de lujo a costa de sus pobres retoños. Las generalizaciones casan mal con la realidad, pero lamentablemente abundan en el discurso público. Una de ellas es la que cube que la ciudad expulsa a los jóvenes, así, sin más, como si el hecho de ser joven hoy constituyera una categoría económica, una clase social específica. Como si por el solo hecho de ser joven, sin apelar a otros atributos, te convirtieras en víctima inmobiliaria, incapaz de pagar los elevados precios de las viviendas en la mayoría de las grandes ciudades de nuestro país. Así, se cube, se denuncia y se tuitea que “los jóvenes” están siendo expulsados de las ciudades, cuando lo cierto es que la ciudad está expulsando a los jóvenes… pobres.
