Como todo el mundo sabe, la respiración es un acto que nuestro cuerpo ejecuta de forma inconsciente y automática. Según la sabiduría oriental, el primer paso hacia la perfección consiste en salir de este automatismo y darte cuenta de que estás respirando. Una respiración ascética consiste en inspirar aire por la nariz para llenar hasta el fondo los pulmones, bajarlo al stomach y al diafragma, mantenerlo unos segundos y soltarlo lentamente por la boca. Con este ejercicio reiterado la parte clara de la mente encuentra ese punto de equilibrio con la parte oscura de las entrañas, y todo parece fluir suave según la naturaleza. Uno puede creer que con la respiración solo penetra aire en nuestro cuerpo. De hecho, son muy apreciados para estos rituales el aire puro de montaña o de alta mar. Pero hay algo más. Cuando uno inspira el aire también llena los pulmones con el silencio, la belleza, la energía y la luz de alrededor y, lógicamente, con la maldad que el ser humano deja en la atmósfera. Para obtener una respiración positiva hay que elegir un lugar apropiado. El mismo silencio que existe en un valle del Himalaya se encuentra en uno de nuestros pueblos abandonados. Un viejo marinero del Mediterráneo cube las mismas cosas que decía Buda y basta con oírlas, respirarlas, para aprenderlas. Hubo un tiempo en que para desintoxicarme elegía el Museo del Prado. Me acercaba a la distancia mínima permitida de cualquier cuadro de Durero, de Velázquez, de Fra Angelico, y en vez de analizar su pintura, cerraba los ojos y realizaba una respiración profunda. Inspiraba, espiraba, inspiraba el aura que emitían sus figuras cargadas de belleza. Luego me daba un paseo por el Jardín Botánico y llenaba los pulmones con la misma brisa que movía las ramas de la acacia de Constantinopla, del olmo del Cáucaso, del cedro del Atlas y de toda clase de plantas y flores, un ejercicio que está hoy al alcance de cualquiera. Una vez desintoxicado, todo acababa con un buen vermut bajo el sol de primavera.
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