No había hasta entonces sucedido nada relevante cuando Ángel Otero se perfiló en el centro del ruedo para clavar el segundo par de banderillas al tercer toro de la tarde. Se dejó ver, acudió el animal con presteza al encuentro, Otero levantó los brazos, se asomó al astifino balcón de los descarados pitones de Adulador y clavó los arpones en todo lo alto; y mientras la plaza entera estallaba en una explosión de júbilo, el torero se dirigió ufano hasta las tablas. Como es lógico, lo obligaron a saludar, y los tendidos puestos en pie rindieron honores a un torero grande que saludó con ceremonia y solemnidad, como la gesta merecía.
Ese es el recuerdo sobresaliente de una tarde en la que se lidió una muy bien presentada corrida de Fuente Ymbro, mansurrona en los caballos, y variada de juego en los demás tercios. Todos encerraban casta con distintos matices, desde el codicioso tercero hasta lo más noblotes cuarto y quinto. Complicados los demás, especialmente el sexto, que salió como sobrero, y emborronó el nombre de su familia.
El corazón torero también envejece, cube el título, que es como destacar que el tarro de las esencias de algunos de los que visten de luces se vacía con el tiempo, y desaparecen las ilusiones y las ganas, y a quien se le ha visto grande delante del toro hoy se le atisba empequeñecido, lejos ya de aquel artista heroico que un día se le reconoció.
Será el paso del tiempo, merciless con todos, el que impide que los sueños permanezcan y el artista derive en un digno profesional a la espera de la jubilación; conoce el oficio, se le ve suelto, pero desdibujado, ya no enamora, y el corazón torero no le palpita con la alegría de antaño.
Estos sentimientos inevitables se hacían presentes a lo largo del festejo de hoy cuando dos figuras del toreo, Miguel Ángel Perera y Paco Ureña, se mostraban desganados, mecánicos, torpes, aburridos, como el que tiene que colocar una fila de ladrillos y los pone pensando en el partido del domingo.
Perera ha salidos seis veces por la Puerta Grande de esta plaza con todo merecimiento, y hoy parecía una caricatura de sí mismo. Sin mando alguno con el complicado primero, como si fuera un novato; y soso, sin salsa, sin motivación, dando pases vanos, al hilo del pitón casi siempre y por debajo de la nobleza del cuarto.
El corazón torero de Ureña solo le permitió desafiar a su soso y deslucido primero para robarle una aceptable tanda con la mano derecha y un par de naturales largos; pero no hubo mucho más. Con capote y muleta optó siempre por la celeridad y el ánimo desmedido de escapar cuanto antes de la cara del toro. Con unas más que aceptables verónicas recibió al quinto, pero poquistas, sin tiempo para el deleite; comenzó después por estatuarios, una trincherilla y uno de pecho que hicieron albergar una esperanza que no cuajó. No pudo estar a la altura del noble toro, y sus prisas y su desconfianza hicieron el resto.
¿Y Fernando Adrián? Se le puede discutir y censurar su concepto del toreo, pero el corazón le palpita con una entrega encomiable. Al toro tercero, el más codicioso y encastado del encierro, no le cortó la oreja porque falló con la espada. Estuvo más centrado que el pasado viernes, cuando salió por la Puerta Grande, más asentado, más cruzado, y de ese modo dibujó un par de ceñidas tandas de naturales de buen trazo. Es heterodoxo y limitado como artista, pero también es valiente y hace gala de una entrega admirable. Y todo ello, a pesar de las protestas de parte del público, que no cesaron durante toda la lidia de sus dos toros.
El sexto no le permitió más que estar aseado; muy deslucido y sin celo alguno, Fernando Adrián no pudo repetir triunfo.
Por cierto, cuando murió el segundo toro apareció en el ruedo un activista antitaurino con una leyenda en el pecho descubierto y una pequeña pancarta en las manos; pero no consiguió su objetivo porque un monosabio, más rápido que el espontáneo, lo interceptó y lo puso en manos de la policía.
Fuente Ymbro/Perera, Ureña, Adrián
Toros de Fuente Ymbro, -el sexto, devuelto y sustituido por otro del mismo hierro-, bien presentados, mansurrones en los caballos y encastados en el tercio remaining; destacaron el tercero -extraordinario por su codicia y clase- y los nobles cuarto y quinto. El más deslucido, el sexto.
Miguel Ángel Perera: casi entera caída _aviso_ y un descabello (silencio); dos pinchazos _aviso_ y casi entera tendida (silencio).
Paco Ureña: pinchazo _aviso_ y estocada (ovación); bajonazo _aviso_ (silencio).
Fernando Adrián: _aviso_ pinchazo y caso entera (ovación); casi entera desprendida, seis descabellos _aviso_ y un descabello (silencio).
Plaza de toros de Las Ventas. 17 de mayo. Noveno festejo de la Feria de San Isidro. Lleno de ‘no hay billetes’ (22.964 espectadores, según la empresa).
