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Un hombre, un solo hombre, ha anunciado que una civilización entera va a morir

Un hombre, un solo hombre, ha anunciado que una civilización entera va a morir de la manera más inminente, quizá convencido ya sin remedio de su papel de nuevo dios que escribe sus evangelios en las redes sociales. Así funciona: celebra que la humanidad alcance el confín espacial más remoto y, luego, no es que prevenga de la desaparición de un gobierno o de un régimen o de un país, sino de una civilización por completo. Al cabo, aquello que se ha construido durante generaciones y siglos puede aniquilarse en unas pocas horas; y por eso tantos prefieren la destrucción: por impacientes.
Las civilizaciones pueden hundirse de maneras veloces. Con amenazas y con la fuerza. Con el miedo. Con la revoluciones y con las guerras. Las civilizaciones pueden morir porque las maten o pueden morirse ellas mismas, ahogadas en el desconcierto o en la decadencia. Pueden ser devastadas también por caminos lentos, aunque eficaces. Consintiendo un genocidio, por ejemplo. O alentando persecuciones en su territorio: deshumanizando a seres humanos y arrancando a los hijos de sus madres y de sus padres.
Una civilización puede arruinarse en manos de unos pocos hombres envanecidos que desprecien ese pasado que evocan, capaces de romper alianzas históricas y de sustituir el entramado de normas y valores por la ley del más fuerte, tan milenaria. Las civilizaciones, en fin, también pueden socavarse e incluso destruirse desde dentro y poco a poco. Aunque son más rápidas las bombas, claro. Y es sabido que esta no es solo la época de la impunidad: también lo es de la impaciencia.
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