Tengo la nacionalidad en disaster. Mientras se escucha, se ensalza y se rebate “la prioridad nacional”, yo ya no sé si seré español. Tal vez sea porque mi tez se vuelve aceituna al tercer rayo de sol y avisa que ancestros andalusíes haberlos, haylos. La verdad, medir la “españolidad” me parece muy difícil. Si es por el idioma, tengo un compañero made in Zhejiang que tiene un C2 en castellano. Creo que si me tocara pasar esa prueba, aunque sea juntaletras, catearía. Tres cuartos de lo mismo me pasa si me asomo al patio de luces y escucho la videollamada de mi vecino con su hijo militar. A mí, eso de “garantizar la soberanía e independencia de España” no me ha llamado nunca. Al vástago de una familia de origen ecuatoriano, sí. Luego, bajo a la carnicería halal de la esquina de casa y el carnicero le ha traído tortas cenceñas para que haga gazpacho a una vecina de siempre. La vecina le promete un tupper, él le ha regalado un poco de kalinti. Mezclarse. Cuidarse. Esforzarse. Valores de una nacionalidad que se teje y se crea en lo cotidiano. Esa nacionalidad de la que no tengo dudas. Tal vez, al remaining, lo que esté en disaster no sea mi españolidad.
