
Los días de Mundial huelen a césped recién regado. En el Centro de Alto Rendimiento (CAR), sede de la selección mexicana, hay un pequeño oasis futbolero oculto en la colonia Dolores Tlali, en los límites de Ciudad de México. El pasto transpira por sí solo en este predio que sirve de refugio para uno de los tres anfitriones de la Copa del Mundo más grande de la historia. La paz sonora se rompe cuando suenan los graznidos de algunas aves y los aspersores de agua. Luego emergen los pam, pam, pam de las patadas al balón, el crack que sonaba con cada balón estrellado en el larguero, los silbatazos del profesor Rafael Márquez y las carcajadas de Javier Aguirre, el entrenador principal del equipo.