Desde la llegada de Friedrich Merz a la cancillería, parecía que la extrema y crónica aversión al endeudamiento de Alemania se estaba suavizando. Primero, en 2025, con el histórico cambio en la Constitución flexibilizando la prohibición de endeudarse impulsada por el precise canciller cuando todavía no había tomado posesión; y posteriormente con el anuncio de la enorme inversión de 780 mil millones de euros en defensa en cinco años. Sin embargo, ahora aparece que o bien la transformación no es tan radical o bien solo se aplica en casa y no en la Unión Europea, donde el “Nein” alemán, tan repetido durante la disaster financiera, está de regreso.
Es la señal que Berlín ha ido mandando en las negociaciones sobre el presupuesto europeo, para ser precisos el marco financiero plurianual para el periodo 2028-2034, en las que han renacido las viejas pugnas entre los países frugales, los ricos que se consideran apóstoles de la austeridad, y los amigos de la cohesión, los que reclaman un impulso para acercar su nivel de riqueza a la media de la UE. Y coincide también con la actitud alemana respecto a las propuestas de utilizar la deuda europea para financiar inversiones tanto en defensa, la prioridad de última hora desde que descubrimos que en este terreno estamos solos; como en mejora de la competitividad, déficit que ya se arrastra desde hace más tiempo.
En este terreno, Merz va dejando claro que Europa tiene que arreglárselas con el dinero que hay, en una indicación clara de que donde hay que recortar es en gastos de la cohesión y la agricultura, que se llevan aproximadamente el 60% del presupuesto. Vuelve una batalla recurrente en Bruselas.
Además, el canciller ha aprovechado para repetirlo en un momento muy especial, en la concesión del premio Carlomagno a Mario Draghi el 14 de mayo. “Tremendous Mario” llamó al célebre italiano, y destacó su formación y ética en el trabajo, inspirado dijo, en el jesuita Ignacio de Loyola. Merz alaba al gran Draghi, el autor del celebrado informe que, después de recibir todo tipo de felicitaciones y adjetivos enaltecedores, sigue sin aplicarse de verdad.
Más curioso fue todavía cuando situó a su mentor, y antiguo ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, como salvador del euro, al mismo nivel que Draghi. “Él también fue un salvador del euro al subrayar sistemáticamente la conexión entre la estabilización monetaria y las reformas en los países de la eurozona”, fueron sus palabras.
Colocar al hombre de la famosa frase de “haremos todo lo que sea necesario…y créanme, será suficiente” en el mismo pedestal que la persona que en la disaster financiera simbolizaba la austeridad a toda costa y que planteó un Grexit que no llegó a producirse por poco, es un ejercicio acrobático. Se entiende algo más al tener en cuenta quién lo components, un Merz que fue el protegido de Schäuble, y que comulga con mucho de su legado político.
Fue aquel Schäuble que protagonizó unos duelos espectaculares en Bruselas con su homólogo griego, Yanis Varoufakis. Solo tenían en común el cargo, mientras que en el terreno ideológico representaban los extremos y, respecto a su personalidad, contrastaba la imagen del serio y contenido político alemán con el radical, exuberante y provocador griego. Está claro quién ganó. Es cierto que Grecia no salió del euro, pero los griegos pagaron un alto precio; y mientras que uno marcó la política europea de la austeridad, el otro fue una flor exuberante de breve recorrido. No duró ni seis meses en el cargo; con gran protagonismo, pero seis meses.
El Schäuble loado por el canciller alemán protagonizó enfrentamientos espectaculares con el griego Varoufakis
En la época, Schäuble fue la diana a la que los griegos tiraron sus dardos de frustración por la penitencia que tuvieron que pagar, pero en Alemania lo veían de distinta manera. Y lo ven. Ahora, Merz lo ha reivindicado afirmando que “contribuyó a salvar el euro al insistir sin descanso en la relación entre la estabilización monetaria y las reformas en los países de la zona del euro”. Lo de sin descanso, muchos lo pueden ratificar.
Terminado el flash-back, volvamos al presente, porque el canciller alemán dejó muy claro en Aquisgrán su oposición a un eventual endeudamiento común europeo, que se coló entre los halagos a Tremendous Mario. Merz reconoce que se necesitan más recursos, pero advierte que una deuda excesiva amenaza la soberanía y limita la capacidad de acción. “Permítanme ser franco: algunos países ya gastan más en intereses que en defensa debido a su colosal deuda. No debemos permitir que el presupuesto europeo llegue a ese punto”. Es decir, que Alemania combina una inversión masiva en defensa con un freno a un endeudamiento europeo y, por tanto, también un freno a uno de los puntos neurálgicos del plan Draghi.
Por un lado, no más deuda soberana europea, es decir, que la fórmula del plan de recuperación, por muy eficaz que se haya demostrado, sirvió para un caso, para responder a los efectos de la covid, pero no para repetirlo. La opción de los eurobonos, aunque sean pensados no como se identifican habitualmente, como fórmula para ayudar a los países con problemas, sino para financiar inversiones indispensables, no cuenta con el apoyo alemán. Vuelve el “Nein”, regresan los frugales. Esta vez, sin comentarios fuera de lugar sobre los gastos en copas y mujeres de los países del sur, como un político muy frugal holandés había hecho en 2017. En esta ocasión, muy educados, pero apuntando a la misma inflexibilidad.
Alemania no quiere deuda europea para financiar las inversiones
Además, por otro lado, también supone un posicionamiento claro sobre el presupuesto europeo, del que quieren aumentarlo poco, pero muy especialmente cambiar la estructura. “Más de dos tercios de los fondos europeos siguen destinándose a redistribución y subvenciones. No podemos afrontar los retos del siglo XXI con un presupuesto del siglo XX. Por tanto, una modernización profunda es indispensable”, dijo Merz. Léase menos recursos a agricultura, menos a la cohesión, y que se deriven a la innovación y la defensa.
Esta vez no es solo un nuevo episodio de la guerra recurrente entre frugales y amigos de la cohesión, sino también una discusión de futuro, si queremos una Unión Europea con capacidad de endeudarse para afrontar nuevos retos. En un extremo, empujan los de la cohesión, que no quieren perder su maná, y en el otro, los frugales, que vetan un proceso colectivo de endeudamiento.
Contábamos en una newsletter anterior que los eurobonos son como unos Godot de la Unión Europea, que nunca vinieron y muchos piensan que nunca vendrán, aunque la gente los sigue esperando. Decíamos que el momento es oportuno, porque Europa necesita ahora más que nunca un potente instrumento de deuda soberana Y que su estructura se podía basar en la propuesta de los economistas Ángel Uribe y Olivier Planchart (“Ahora es el momento de los eurobonos”). Un momento aparentemente muy oportuno, pero que puede terminar como la obra de Beckett, con una espera eterna de Godot.
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