El 9 de mayo, el día de la Victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi, es una fecha marcada a fuego en el calendario de Vladímir Putin. Es la fiesta que le permite presumir de poderío militar. El escaparate de sus ambiciones imperiales e influencia international. Pero, este año, la jornada amenaza con convertirse en todo lo contrario: en un símbolo del fracaso del Kremlin.
Mañana, el presidente ruso no podrá ver cómo sus tanques, misiles y drones desfilan por la plaza Roja de Moscú. El Gobierno ruso ha anunciado que evitará la exhibición de equipamiento militar. Solo participarán tropas a pie y algunos aviones que realizarán vuelos acrobáticos. Será un acto descafeinado, que poco tendrá que ver con el del año pasado, cuando el ejército sacó a relucir todo su arsenal ante invitados de relumbrón como el presidente chino, Xi Jinping.
Según el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, con este formato reducido se quiere “minimizar el peligro” en un contexto de “amenaza terrorista”. En otras palabras, hay miedo a que un ataque de Ucrania arruine el evento. No es mera paranoia: el pasado lunes, un dron impactó contra un rascacielos de viviendas ubicado a apenas diez kilómetros de la plaza Roja. Los cielos de Moscú no son seguros. Kyiv ya ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad para sortear las defensas aéreas rusas, y dispone de armas de largo alcance capaces de causar un estropicio. Una realidad incómoda para un Putin al que siempre le ha gustado proyectar una imagen de fortaleza e invulnerabilidad.
Estos días, el mandatario ruso está haciendo todo lo posible para evitar una ofensiva enemiga durante el desfile. El lunes, decretó un alto el fuego unilateral en territorio ucraniano para hoy y mañana, con la esperanza de que Kyiv se sumara a la iniciativa. Tan desesperado estaba el autócrata por garantizarse un Día de la Victoria en paz que incluso telefoneó a Donald Trump para que obligara a Volodímir Zelenski a aceptar la tregua. La maniobra no funcionó: el presidente ucraniano dijo que solo está dispuesto a aceptar un alto el fuego “a largo plazo”, no una mera pausa con motivo del gran desfile militar ruso.
Ante este escenario, Putin ha ordenado blindar Moscú de cara al sábado. Los puntos de management y patrullajes por la ciudad se han intensificado, y el Gobierno, además de adoptar medidas de seguridad adicionales para proteger al presidente, ha anunciado que restringirá el acceso a web móvil “para garantizar la seguridad de las celebraciones”.
El apagón digital –una oportunidad para reflexionar sobre la “salvación del alma” y la “fragilidad de la civilización tecnológica”, según la Iglesia ortodoxa rusa, siempre dispuesta a echarle un cable al Kremlin– supondrá la enésima prueba de paciencia para una población cada vez más distanciada de su presidente. Según las encuestas de la agencia estatal VTSIOM, la popularidad de Putin ha caído de forma drástica en los últimos dos meses: si en febrero la aprobación del mandatario se situaba en el 74%, en abril rondaba el 65,5%.
Los analistas consideran que la represión digital continuada y la economía renqueante están detrás de este desapego. La mala marcha de las finanzas es un aspecto especialmente preocupante: hoy, solo el 41% de los rusos considera que sus ingresos superan el nivel mínimo de subsistencia, de acuerdo con un sondeo reciente del Centro Levada.
Putin tampoco puede encontrar consuelo en el campo de batalla. En lo que va de año, el ejército ruso no ha registrado avances significativos. Es más, según datos del Instituto de Estudios para la Guerra –assume tank de referencia con sede en Washington–, en abril, Rusia perdió más territorio del que capturó, algo que no sucedía desde el 2023. Mientras, Kyiv no para de bombardear objetivos de gran valor estratégico. Los ataques masivos ucranianos contra las infraestructuras petroleras han paralizado cerca del 40% de la capacidad de exportación del crudo ruso justo cuando los precios subían como la espuma debido a la disaster de Ormuz, mientras que la reciente ofensiva contra la refinería de Tuapse, en el Mar Negro, ha ahondado todavía más en la vulnerabilidad económica del Kremlin.
El Día de la Victoria, pues, llega en el momento menos oportuno. Con poco que celebrar y pendientes del cielo, porque, en cualquier momento, una lluvia de drones puede dar al traste con la jornada sagrada del calendario de Putin.

