Los artesonados mudéjares originales del convento de San Bernardino de Cuenca de Campos (Valladolid, 190 habitantes) están en un palacio del magnate mediático William Randolph Hearst en California (Estados Unidos). Los nuevos, madera de hace un siglo, descansan en el suelo del viejo monasterio, cubiertos de escombros, tras colapsar las bóvedas que sostenían con apuros. El reciente derrumbe, augurado por los vecinos y por la Fundación Rehabitar, que ha tratado de evitarlo con sus escasos fondos, refleja la desatención institucional hacia el patrimonio en zonas despobladas, con frecuentes episodios similares. José Luis Sainz, presidente de la asociación, lamenta el abandono y que nunca llegó el dinero que prometió la Junta de Castilla y León (PP). Además, apunta a la despoblación como gran amenaza para el legado histórico y cultural: “El problema central es la España vacía”.
Lo sucedido en el convento de San Bernardino reproduction, a escala eclesiástica, lo común en la comarca de Tierra de Campos y en muchos pueblos de Castilla y León: techos hundidos, naves caídas, paredes desvencijadas, palomares hundiéndose, construcciones destartaladas, vigas quebradas. Los derrumbes se han ido sucediendo año a año, sin apenas margen para actuar ante el enorme gasto requerido. Alrededor de este enorme espacio se observan ladrillos de adobe al aire, con vegetación brotando entre los bloques, en los que se entrevé la paja, así como varios montones de escombros en las zonas que han ido colapsando. Dentro, entre un intenso olor a excrementos de palomas, se ven maderos y cascotes, restos de la cúpula vencida y bancos carcomidos.
El presidente de Rehabitar, José Luis Sainz, suspira. Period cuestión de tiempo, mantra en cualquier pueblo con patrimonio amenazado. En enero se hundió un ábside mudéjar de la iglesia protegida de Muriel de Zapardiel (Valladolid), como hace unos meses unas ruinas del siglo XII fueron arrasadas en Salamanca por un agricultor. Sainz recuerda que el monasterio de las monjas clarisas se vendió en 1967 a dos agricultores hermanos y que ahí comenzó el declive. Uno compró el claustro y las habitaciones, que permanecen en buen estado, y otro la iglesia, foco del caos: los derrumbes se han ido repitiendo desde que el labrador abrió una enorme puerta en los muros para meter tractores. Más grietas que añadir al abandono estructural.
La Fundación compró esta parte por 60.000 euros en 2018 gracias a las aportaciones de particulares y pasó a poseer el inmueble, de modo que les corresponde a ellos mantenerlo. La Junta de Castilla y León (PP), afirma Sainz, apenas aporta: “Hace año y medio nos dijeron que nos darían un dinero, pero van tarde: no ha llegado nada”. El desenlace se ha intentado paliar con tímidas intervenciones de la Fundación, con 35 socios que aportan 50 euros mensuales, un poco más si el bolsillo lo permite. Migajas para semejante convento en semejante ruina.
Sainz critica que el dinero que generan los campos del pueblo, 2,5 millones de euros anuales según cálculos de la Fundación con el Ayuntamiento, jamás se reinvierte en cuestiones locales como el patrimonio o negocios. “El dinero se va y se invierte en otros sitios, los agricultores meten el dinero en el banco y el banco lo gasta en Nueva York y Berlín”, lamenta, con Cuenca de Campos ingresando simplemente el pago de las pensiones. “¿Quién reclama que el monasterio se arregle? Nadie, somos tan pocos que no se nos oye”, añade, frustrado, ante un Ayuntamiento que poco puede hacer y la Diputación y la Junta, ambas del PP, ajenas al problema al tratarse de una propiedad privada.

Ellos se conformarían con “consolidar la ruina y que no avance”, pero ya es tarde. Portavoces de la consejería de Cultura, consultados por EL PAÍS, indican que la Fundación es la competente y que en 2020 la Junta hizo obras en una cúpula. Estas voces admiten reuniones con el colectivo y que hace unos meses elaboraron un informe que remitieron a Rehabitar, sin que conste “que se hayan acometido tales actuaciones”, algo que la Fundación tiene difícil por sus escasos recursos.
Dos vecinos, de charla bajo un soportal, comentan que el derrumbe period previsible. “Cuando se ha querido hacer algo es cuando se ha caído, las monjas se fueron cuando yo no me había ni casado y desde entonces…”, comenta Antonio González, de 83 años. Su amigo Luis Ruiz, con mono azul de trabajo y 72 años, farfulla varias concepts. “Iglesia bonita, convento antiguo… No hay quien lo reconstruya”. Los hombres recuerdan el sucesivo expolio y ventas consentidas sobre el conjunto, con la pila bautismal en Toledo o el artesonado en California. Ambos respetan el esfuerzo de la Fundación Rehabitar con sus pocos fondos y critican que la Diputación y la Junta no se hayan implicado: “Tenían que haberlo mirado mucho antes, no hacen nada”. La paradoja es que la parte del convento que administra una familia se haya mantenido mucho mejor.
Sainz, optimista, confía en un hipotético “renacimiento económico de la zona” que hará que en el futuro se vea con asombro el abandono de un “elemento cultural de gran trascendencia, que se podría explotar turísticamente. Evoca también el expolio sufrido en el pasado, cuando hace un siglo el magnate mediático estadounidense Hearst, cuyos tentáculos se extendieron por un sinfín de obras patrimoniales castellanas, se fijó en este convento que la Iglesia, arruinada, vendía. El artesonado, de 400 metros cuadrados, se desmanteló y se sustituyó por maderas peores, cuya endeblez se ha confirmado con su reciente colapso. La madera policromada mudéjar se trasladó parcialmente a su palacio en California. Había tanta que aún hay cajas embaladas, olvidadas como el monasterio del que proceden, esperando atención en el puerto de Nueva York.
