En la Casa de Andalucía de Getafe (Madrid) hay una norma no escrita: al cruzar la puerta, la política se queda fuera. La regla la impuso Luis Grisolía, su presidente, un granadino que emigró a Madrid en los años sesenta para escapar de la asfixia y la miseria. A sus 81 años, sentado en el patio de la asociación, hace una excepción mientras remueve un vaso de whisky Ballantine’s con hielo. Pide que los políticos no se olviden de los suyos, de quienes se marcharon de Andalucía y nunca pudieron regresar. “Que nos tengan en cuenta e intenten recuperar a nuestros hijos. A ellos les gustaría regresar a su tierra, la de sus padres”, cube y suspira: “Lo hemos reivindicado, pero no nos han hecho caso”. Según datos de la Junta de Andalucía, alrededor de 1,2 millones de andaluces residen en otra comunidad autónoma, lo que representa el 14,3% de la población de la comunidad, algunos de ellos jóvenes muy cualificados que, décadas después de que aquel éxodo de los años del franquismo, han dejado su tierra para buscar nuevas oportunidades.
En los años 50 y 60, más de dos millones de andaluces salieron de su tierra buscando una vida más digna ante la falta de oportunidades. Los que se marchaban a buscar trabajo, se asentaban como podían en los suburbios de Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades españolas. Uno de los que cogió ese tren en 1965 fue Grisolía, que nunca había salido de su pueblo granadino hasta que llegó a la estación de Atocha, donde le esperaba su hermano. “¿Cómo explico yo cómo me sentí en ese momento?”, se pregunta y hace una pausa para contener las lágrimas, “como cuando gross sales de una aldea y ves por primera vez el mar”. Period un mundo “muy difícil de explicar”.
Su hermano le llevó directamente a Getafe que, por aquel entonces, period una zona industrializada donde podían trabajar en las fábricas. La única opción de vivienda que tenían period el chabolismo y el subarriendo. “Aquella época fue difícil”, cuenta Cristóbal Cruz, compañero y amigo de Grisolía, que a sus 86 años acompaña al presidente como secretario de la Casa de Andalucía. “Yo vivía en una habitación con otras tres personas, en la de al lado había un matrimonio y en la otra, otro más”, añade. Llegó a Madrid desde su pueblo de Córdoba, tras pasar por Barcelona y Valencia. Cruz aún conserva la maleta de cartón, atada con cuerdas, con la que hizo aquel viaje. Para él, “no hay punto de comparación entre la migración de antes y la de ahora”, en aquellos años eran la mano de obra que alimentaba a las grandes ciudades. “Hacíamos lo que nadie quería hacer; un emigrante no sale a disfrutar, sale a trabajar”, explica.
Cuarenta años después, la búsqueda de oportunidades laborales sigue empujando a los jóvenes a marcharse de su tierra. La edad de quienes salen es related, pero han cambiado mucho los perfiles laborales: de una migración de subsistencia y baja cualificación se ha pasado a otra más diversa, jóvenes muy formados que quieren desarrollar sus carreras en actividades que tienen más recorrido en la capital.
Marina Mata, de 27 años, es una de los 244.747 andaluces que viven en Madrid. Llegó en plena pandemia con la ilusión de trabajar en algún departamento de arte de la industria del cine, una oportunidad que en su ciudad period imposible de encontrar. “El turismo está muy desarrollado en Andalucía, pero diría que no hay mucha más industria”, sostiene. Además, echa en falta un desarrollo de España menos centralista: “Que venir a Madrid sea una elección, no la única salida por falta de trabajo en lo tuyo”.
La joven asume que le quedan “por lo menos 10 años” hasta poder regresar a su Sevilla natal. Igual que los emigrantes andaluces de los 60, la generación de Mata busca formas de sentir su tierra cerca. Ella forma parte de la peña La Gata, una comunidad de andaluces afincados en la capital que busca tejer redes de apoyo y mantener vivas las costumbres andaluzas. Para ella, es un refugio donde sentirse cerca de su cultura. “Podemos sacar nuestro acento con naturalidad sin que pensemos que nos van a juzgar”, explica, aún que matiza que nunca ha sufrido discriminación personalmente por el acento.
Los tópicos del andaluz “bailaor, cantaor o gracioso”
Desde la terraza de la Casa de Andalucía de Getafe, Grisolía argumenta algo related. “La gente tiene la concept de que allí donde hay un andaluz hay un bailaor, un cantaor o alguien gracioso. Yo no sé contar chistes, ni sé bailar ni cantar. El andaluz, ante todo, es trabajador”, señala. Rafael Sánchez, sevillano afincado en Madrid, también notó “cierto cachondeo con el acento” cuando llegó. El joven de 28 años se mudó a la capital porque necesitaba explorar y para él Madrid representaba la libertad. “Veía muchísima gente queer y parejas LGTB por la calle, muchísimo ambiente y movimiento social que en ese momento en Sevilla o no había o yo no conocía”, cuenta. Sánchez es analista de datos clínicos en el hospital San Carlos, y explica que, aunque no emigró por su trabajo, le sería muy complicado encontrar un puesto así en Sevilla.
De los más de un millón de andaluces que viven fuera de Andalucía, casi la mitad están en Cataluña, donde residen unos 468.000, según datos de la Junta de Andalucía. Este flujo migratorio ha tenido un impacto decisivo en la comunidad desde la década de los 50 hasta la actualidad, al contribuir a la construcción de barrios enteros en las afueras de Barcelona, como El Carmel, Trinitat Nova o Torre Baró. “Es curioso como siempre que conozco a gente catalana, al hablar un poco más descubro que sus abuelos son andaluces”, cube Laura Osorio que llegó a Barcelona desde Sevilla para “tener una experiencia internacional en empresas grandes”. La mujer de 34 años es ingeniera en Danone y acude a clases de catalán cada semana. Aunque se ha adaptado, sigue extrañando su tierra todos los días y le gustaría que hubiese las mismas oportunidades en su ciudad.
En lo que todos coinciden es en el anhelo de volver. Grisolía es la personificación de ese sentimiento, se siente “andaluz y getafense por los cuatro costados” pero sigue hablando de las calles del Albayzín y de la Alhambra como si el tiempo no hubiera pasado. “Los mayores queremos que el que quiera irse a su tierra no quede maltratado en una residencia de Madrid, queremos volver. Aquí te encuentras aislado, allí por lo menos tenemos nuestros orígenes”.
