Dependiendo de cómo incida la luz, de la temperatura, de la hora, cuando estoy en Buenos Aires elijo correr hacia el norte o hacia el sur, hacia el este o hacia el oeste, por lo que llamo “mar abierto” —un circuito largo que atraviesa tres barrios—; por lo que llamo “circuito tradicional” –más corto y entrañable, un paisaje de talleres mecánicos, gomerías, casas bajas que siempre están cerradas y en las que imagino que hay cocinas con azulejos manchados de grasa, platos de comida para perros esparcidos por todos los ambientes y un olor ácido a frazadas sucias-; o por lo que no llamo de ninguna manera específica y que es un circuito en torno al cementerio, bello, arbolado, manso, previsible. Corro con tos o sin tos, con dolor o sin dolor, con cansancio o sin cansancio, con ganas o sin ganas, más cómoda o más incómoda, a buen ritmo o a ritmo espantoso, pero últimamente llena de hábitos malignos: pedazos de poemas que no arman nada, preocupaciones ilógicas, recuerdos como troncos pudriéndose en una laguna, jirones de amor estancado, evocaciones exigentes, congojas que supuran cosas que ni siquiera recuerdo, añoranzas del año 2023, iras criminales, envidia por nada ni por nadie (envidia ocurriendo en una atmósfera con ausencia de gravedad), consumo inapropiado de fotos fijas de un tiempo mejor, una tendencia cada vez más marcada al aislamiento, un apetito cada vez más intenso de soledad, una sensación cada vez más fuerte de desinterés, demandas a las que no quiero atender, preguntas que no quiero contestar, cantidades abundantes de decepción e hipocresía, la concept inabarcable de que antes period mucho más fácil tener días buenos, canciones estériles que fabrican anestesia, desistimiento, fatiga depressing, así que, de todas maneras, voy y corro arrastrando el cuerpo ahora que parece el last del tiempo, ahora que ya nunca es la primera vez. Todos, tarde o temprano, dejamos atrás el país de las primeras cosas.
Related Posts
Add A Comment
