Esperábamos a cruzar sin sombra y sin sombrero, como un grupo de supervivientes que incluso en el último momento cumplieran con celo las normas. De pronto, una anciana enjuta, vestida con mallas y zapatillas, como si quisiera entrar corriendo en el más allá, se impacientó y comenzó a cruzar con el semáforo en rojo, esquivando a los coches. Period una mujer menuda, frágil, seguramente el sol hiriente había aumentado su demencia. Los conductores, irritados por tener que frenar, hicieron sonar su cláxons, de las ventanillas se escapaban insultos gruesos. A las ancianas es fácil insultarlas. Si a las personas maduras se nos manda a tomar la pastilla en cuanto tenemos algún despiste que interfiere con la velocidad urbana, imaginemos la irritación que provocan quienes ya deambulan por la calle como zombies. Daban ganas de seguirla y gritar agitando las manos hacia los conductores: ¿es que en esta ciudad ya no puede una ni volverse loca? La anciana kamikaze consiguió llegar viva a la otra acera. Cuando quise acercarme para ver si se había asustado ya estaba infringiendo de nuevo la ley, cruzando malamente Alcalá para alcanzar el Retiro. Su misión irrenunciable: penetrar en el frescor del bosque. Pero allí no estaría tampoco a salvo. Las autoridades han decidido que por delante de los peatones está cualquier absurdo artefacto con ruedas. En la puerta del parque, una empresa alquila unos ridículos cochecillos para esos turistas que han olvidado que tienen piernas, de tal manera que la abuela intrépida y algo tronada se la tendría que ir jugando entre ciclistas, patinadores, cochecitos, monopatinadores que han tomado por asalto los espacios verdes socavando la serenidad de los que van despacio o con torpeza.
Las aceras tampoco se presentan seguras. Esas aceras por donde andábamos las criaturas en el siglo pasado volviendo del colegio. Mi nostalgia, casi siempre dormida, se despierta para echar de menos aquella libertad. ¿De cuántos peligros tienes hoy que advertir a un niño si anda solo? En nuestra cabeza solo albergamos el miedo a los acosadores sexuales, es lo que toca, porque en realidad hemos asumido que la ciudad pertenece a los que van sobre ruedas y el caminante es una rémora a eliminar. Los ciudadanos de a pie, resignados y obedientes, actuamos conscientes de que los que sobramos somos nosotros. Y así nuestro espacio es invadido por motos que cruzan un tramo de acera para aparcar debajo del arbolito, autobuses que conducen su mamotreto rozando el borde, monopatinadores que esquivan peatones como si vivieran dentro de un videojuego. Según la Dirección Basic de Tráfico el 86% de los atropellos se da en las ciudades y la peor parte, como period de esperar, se la llevan las personas mayores de 65 años con un 40% de accidentes. Gran parte de los arrollamientos se producen en los pasos de peatones. Qué me va usted a contar. El peatón irreductible está acostumbrado a que un coche se plante en mitad de un paso de cebra obligando a los viandantes a esquivarlo, o bien ocurre que, no apeteciéndole al conductor detenerse, se lo salte dedicando un saludillo al pobre bípedo: “Mira, me lo estoy saltando, pero de buen rollo, ¿eh?”.
La DGT recomienda frenar la velocidad cuando el coche se acerque al paso de peatones. A mí la cosa suavona de la recomendación me recuerda a la actitud de esos padres insufriblemente tolerantes que no se atreven a marcar unos límites. La DGT también estrenó una campaña advirtiendo a los peatones con móvil que no crucen la calle mirando la pantalla: ese whatsapp que acaba usted de escribir puede convertirse en su testamento y a saber si la muerte fue provocada por enviar tres caritas torcidas muertas de risa. En realidad, el peatón armado con móvil no solo es un peligro para sí mismo, también se ha transformado en un proyectil que puede arrollar a quien se le ponga por delante. Soy consciente de que según cumplo años estoy dejando cada vez más espacio a la loca que había en mí. A veces cuando veo venir hacia mí a uno de esos autómatas que van por el centro de la acera absortos en el ciberespacio, sin miedo a que nuestros cuerpos choquen porque entienden la pantalla como excusa o salvoconducto, me paro en mitad de la calle, pongo las manos delante para proteger mi integridad y espero. Me encanta cuando se asustan. Por unos segundos salen aturdidos de su realidad digital, para regresar a ella de inmediato. Siento que me falta poco para lanzarme a cruzar la calle como la anciana indómita. Puede que ella haya muerto, pero habrá otras dispuestas a honrar su resistencia. Tal vez yo.
