Para comprender por qué los discursos sobre la “prioridad nacional” encuentran hoy tanto eco en la opinión pública, hay que empezar por recordar algo que tiende a olvidarse: seguimos viviendo en la period de los Estados-nación, lo cual significa que la discriminación en función de la nacionalidad sigue existiendo en todos los países. Ocurre en Francia, pero también en España. Para ser elegido diputado al Congreso, es necesario tener la nacionalidad española, y esas mismas normas rigen también para una serie de puestos de trabajo, sobre todo en la función pública.
La peculiaridad del caso francés reside en que, desde la década de 1860, el país ha necesitado recurrir de forma masiva a la inmigración para abastecer el mercado laboral y compensar el déficit demográfico. En los primeros años, la llegada de los inmigrantes no suscitó ninguna polémica. Hasta que la disaster económica de la década de 1880 provocó el aumento del desempleo y eso hizo que el “problema de la inmigración” irrumpiera en el debate político. En Francia, entonces, empezaron a proponerse en el Parlamento numerosos proyectos de ley para gravar a los trabajadores extranjeros. Ya en aquella época aparecieron los argumentos que hoy recuperan los partidarios de la “prioridad nacional”. “Los inmigrantes no pagan impuestos, nos quitan el trabajo y nuestros derechos sociales”. A estos discursos xenófobos se añadía la labor de las páginas de sucesos, que presentaban a los inmigrantes como delincuentes.
El mismo fenómeno se repitió en el periodo de entreguerras y, más adelante, en las últimas décadas del siglo XX. Cada vez que ha habido una acogida masiva de inmigrantes porque había que satisfacer las necesidades del mercado laboral, nadie les ha prestado atención. Pero en cuanto cambian las circunstancias económicas se convierten en chivos expiatorios para la derecha y la extrema derecha.
En el caso de Francia, la precocidad y la repercusión de estos discursos xenófobos se explican por lo intenso que ha sido el proceso que yo llamo “de nacionalización” de la sociedad francesa. La centralización de la vida política y cultural en París, la debilidad de las identidades regionales, la amenaza que desde hace mucho tiempo representa para la población y el antagonismo francoalemán son factores que han contribuido de manera essential a interiorizar el sentimiento nacional. Este principio identitario se refleja en el lenguaje cotidiano, cuyo eje es la oposición entre “nosotros”, los franceses, y “ellos”, los extranjeros. Lo que varía según las épocas son las representaciones de ese “extranjero”, en función de un contexto que fomenta la xenofobia, el antisemitismo o el racismo.
Para comprender cómo se difunden estos discursos de odio entre la opinión pública, no basta con analizar las concepts y los programas. Hay que analizar también la retórica (el arte de convencer) que elaboran los agitadores de extrema derecha para llegar al mayor número posible de votantes, sobre todo entre las clases populares. El ejemplo francés muestra que, desde finales del siglo XIX, esta retórica se ha aprovechado del sentimiento nacional interiorizado por la mayoría de los ciudadanos. Los factores emocionales, construidos a partir de la oposición entre “ellos” y “nosotros”, alimentan una lógica identitaria que es difícil de combatir con argumentos racionales y los conocimientos obtenidos por las ciencias sociales.
En tiempos de disaster, el efecto de los discursos identitarios que defienden la prioridad nacional es tan fuerte que los partidos de derechas (y a veces incluso de izquierdas) deciden adoptarlos. En Francia, hasta el remaining de la Segunda Guerra Mundial, los republicanos que estaban en el poder aprobaron numerosas leyes para excluir a los inmigrantes extranjeros de determinados puestos de trabajo (en sectores como las obras públicas, medicina y la abogacía, entre otros). El “privilegio de lo nacional” también se impuso en el área de los derechos sociales. En las primeras leyes de protección social se excluía a los trabajadores extranjeros, pese a que sus cotizaciones sociales también las financiaban. Durante la disaster de los años treinta, se expulsó a varios cientos de miles de personas porque los gobiernos republicanos no querían concederles las prestaciones de desempleo.
El momento culminante de esta política de préférence nationale se produjo en junio de 1940, cuando la Revolución Nacional del mariscal Pétain puso fin al régimen republicano.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los franceses que habían vivido bajo el régimen de Vichy se dieron cuenta de que los programas políticos basados en la xenofobia, el antisemitismo y el racismo no resolvían sus problemas, sino que agravaban las penalidades de la gente. Ese fue uno de los motivos por los que los discursos sobre la “preferencia nacional” se convirtieron en algo marginal. La otra razón es que, con la recuperación del crecimiento económico, la inmigración volvió a ser necesaria para satisfacer las necesidades del mercado laboral. La preferencia nacional no desapareció del todo, pero se aprobaron muchas leyes para garantizar la igualdad de derechos sociales entre todos los trabajadores. Esos derechos fundamentales se consolidaron especialmente en el Convenio Europeo de Derechos Humanos (1950) y la Carta Social Europea (1961). Gracias a ello, hoy en día ya no se puede negar los derechos sociales a un trabajador extranjero por su nacionalidad.
En los años ochenta, el cambio de las circunstancias económicas permitió al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen reactivar el viejo discurso xenófobo contra los inmigrantes. Fue entonces cuando entró en el debate público la expresión préférence nationale. Marine Le Pen —que desde 2011 preside el partido fundado por su padre, con el nuevo nombre de Reagrupamiento Nacional— prefiere hablar hoy de “prioridad nacional”, pero la ideología que sostiene ambos eslóganes es la misma. El objetivo es poner en entredicho los avances democráticos de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, a base de convencer a los ciudadanos de que sus problemas se solucionarían si se privara a los inmigrantes extranjeros de los derechos económicos y sociales.
Los militantes de Vox, que hoy recuperan los lemas de Jean-Marie Le Pen sobre la “prioridad nacional”, han olvidado que los españoles que tuvieron que huir del país por motivos económicos y políticos también fueron víctimas de la propaganda xenófoba. Las leyes francesas sobre la preferencia nacional se justificaron con el mismo tipo de argumentos que hoy utiliza la extrema derecha. Como ejemplo, he aquí un extracto de una carta anónima enviada en diciembre de 1950 al Ministerio del Inside “en nombre de un grupo de franceses”: “En el Midi, los españoles proliferan más que nunca. Señor ministro, tenemos miedo de esta gente que nos quita todo, se multiplica, se hace fuerte, nos echa de nuestros puestos de trabajo y de nuestras viviendas. Si la mayoría volviera a su país, a España, todos tendríamos vivienda y trabajo”.
