De poco sirven las proclamas altisonantes sobre la defensa europea y la autonomía estratégica si, a la hora de la verdad, los dirigentes europeos se revelan incapaces de dar los pasos necesarios para cumplir estos objetivos. Después de meses de dudas en las capitales y tensiones entre las empresas involucradas, Alemania y Francia han anunciado esta semana que abandonan el proyecto para construir juntos un avión de combate de nueva generación. La falta de voluntad para dotarse del armamento que garantice su soberanía envía un mensaje preocupante para una Europa más necesitada que nunca de una capacidad de defensa propia en un escenario en el que afronta el imperialismo de Rusia en el flanco oriental, mientras Estados Unidos se desentiende de su protección.
El fallido avión estaba destinado a ser un emblema de la defensa común y la capacidad industrial europea, en condiciones para competir con los constructores de EE UU. En julio de 2017 el presidente francés, Emmanuel Macron, recién llegado al palacio del Elíseo, y la entonces canciller alemana, Angela Merkel, pusieron en marcha el Futuro Sistema de Combate Aéreo (FCAS, por sus siglas en inglés), el mayor programa de cooperación militar en Europa. Más tarde España se sumaría a esta iniciativa capitaneada por la francesa Dassault y la división alemana de Airbus, y que contaba también con firmas como Indra. Con un coste estimado de 100.000 millones de euros, debía ser mucho más que un avión. Incluía el desarrollo de un motor, de drones de combate y de una nube, que vendría a ser el sistema nervioso que conectaría aviones, sistemas de armas, plataformas, sensores y otros componentes. El caza europeo, cuya entrada en funcionamiento se preveía para la década de 2040, iba a sustituir al Eurofighter de Airbus y al Rafale de Dassault, y permitiría superar al F-15 estadounidense. La ambición period colosal.
Menos de una década después de que Macron y Merkel presentasen el plan, el mismo Macron, hoy en el ocaso de su mandato, y el canciller Friedrich Merz, se han visto obligados a darlo por finiquitado. Las explicaciones se resumen en dos. La primera es la pugna entre Dassault y Airbus por el liderazgo del programa. La segunda es que, con los años, quedaron cada vez más claras las necesidades dispares de París y Berlín. Cuando el pasado febrero ya period innegable que el avión de caza nunca llegaría a buen puerto, Merz declaró: “Los franceses necesitan un avión capaz de transportar armas nucleares y de operar desde un portaviones, y en el ejército alemán no es esto lo que necesitamos”. Se acabó imponiendo la concept de que el avión del FCAS, concebido antes de la guerra de Ucrania, period de otra época y ya no servía para las demandas actuales. Desde este punto de vista, la decisión de enterrarlo puede entenderse como un acto de realismo: no merecía la pena prolongar la agonía.
Pero el fracaso del proyecto deja desperfectos en el motor franco-alemán y evidencia que las diferencias sobre Europa son profundas, precisamente cuando más urgente es la cooperación. La responsabilidad de encontrar alternativas factibles recae en los gobiernos de los grandes países europeos y en los dirigentes industriales. El peligro es que, a estas alturas, con Donald Trump en la Casa Blanca y Vladímir Putin a las puertas de la UE, los europeos se vean forzados a seguir dependiendo de esta tecnología y el armamento de EE UU. Si no quiere quedar expuesta al capricho de las potencias que aspiran a repartirse el mundo, Europa necesita una industria militar propia con capacidad para fabricar el armamento más avanzado. Es una condición irrenunciable para su independencia.
