“Mereces la silla eléctrica”. No hace mucho, mientras volvía a casa en un bus abarrotado, vi a una mujer teclear este comentario junto a tres emojis de fueguitos, como si enciendese tres proféticas hogueras. Me sorprendió la rapidez con la que dictó sentencia. Vio un vídeo poco trascendental sobre una persona famosa, tecleó sin pensar, como en un acto reflejo; guardó su móvil en su gabardina y me sonrío de forma dulce pidiéndome espacio para salir en la próxima parada. Si no hubiese visto lo que escribía aquella melena envidiable, habría pensado que estaba ante una viajera educada pese al agobio de verse en el 33 un miércoles a las dos de la tarde. Me equivocaba. Así que esto no iba de foreros amenazando al private en pijama desde habitaciones con olor a calcetín acartonado. La gasolina del peor odio de web también circula perfumada en buses a plena luz del día.
Recordé el comentario de las antorchas letales el martes pasado, cuando fui a un pase especial con coloquio de Sidosa en los cines Aribau. Me encantó el documental de Lluís Galter y Màrius Sánchez sobre la salida del armario del VIH del actor y director Eduardo Casanova, ya disponible en el catálogo de Atresplayer desde este domingo. Reí y lloré. Sidosa me ayudó a entender lo desinformados que estamos frente al virus. España sigue congelada en moralejas dañinas y proclamas caducas que agudizan el estigma. Tanta gente impartiendo pedagogía ahí afuera y nosotros haciendo oídos sordos a entender que el VIH ya no se contagia, sino que se transmite; que la carga viral indetectable es igual a ser intransmisible o la importancia de aquellos que son “visibles” a nuestro alrededor. Personas que, como el protagonista, deciden compartir su estatus, rompiendo el silencio y la exclusión para normalizar la convivencia. Me conmovió ese ejercicio de honestidad política, el corto de ficción que Casanova dirige y se inserta en un diálogo fantástico con el metraje del documental y el cariño compartido en la pareja, tan extraña como cómica, que el protagonista conforma con Jordi Évole en la película.
Eduardo Casanova no vino a la charla posterior al pase porque, en palabras de Évole y los directores, “lo está pasando muy mal”. Los mensajes de odio que está recibiendo en web son viles, brutales. Basta con desplegar los comentarios en este diario a cualquier noticia sobre Sidosa para entenderlo. Me avergüenzo de esos lectores que afirman que esto no es un problema cuando solo el 11% de las personas con VIH en este país se han atrevido a contarlo públicamente. Pero sobre todo me apena que Casanova se perdiera un emocionante encuentro que se alargó durante más de una hora y en la que se conversó de una forma que jamás leeremos en esos mensajes tan dañinos como crueles.
Varias trabajadoras de la sanidad pública se levantaron para dar las gracias por haber roto estigmas frente a un VIH del que nadie se quiere acordar (“el 1 de diciembre, día mundial, apenas fuimos 30 personas en la plaza Sant Jaume”, dijo una de ellas). Un espectador cogió el micro para decir bien alto y claro: “Yo también soy sidosa”. Entre el público también estaba Lídia, una de las personas que participa en el metraje, mujer joven, hetero y “seen”. Emocionada, recordó el apoyo del equipo de Sidosa y de su madre, que la acompañaba en la sala. Una mujer que dejó mudos de emoción a los presentes al confirmar que su hija había hecho “alquimia” frente a la serofobia y convirtió en lema dos palabras que ha repetido a su hija para no esconderse ni en el trabajo ni en la vida: “Tú tira”. Ya lo advierte el propio Casanova en un documental que debería pasarse en los institutos: “Con odio no se puede vivir; con VIH, sí”. Me quedo con eso y no con lo que lea al desplegar los comentarios.
