Estos tiempos que corren envejecerán algún día y serán estudiados con estupor. Ojalá que así sea porque este presente tiende a ser grotesco, pero por alguna razón atribuimos la responsabilidad solo a quienes mueven los hilos tratándonos como títeres. Será entonces, en ese futuro en el que por mera supervivencia existirá una tendencia a la contención, cuando se pueda nombrar a las cosas tal cual fueron. No solo se catalogará de despropósito lo referido a la brutalidad política sino que será evidente cómo la fealdad ethical inundó no pocos aspectos de la vida pública. Se podrá tildar de ridículo de una vez por todas el desfile de la Gala del MET. Se alzarán las cejas de asombro cuando se recuerde que se usaba el adjetivo “benéfica” para definirla, cuando se observe que una señora, ejecutiva mítica a la que el mundillo cultural concedió un poder desproporcionado, se reservaba el derecho de admisión de los asistentes, y que dentro de la lista de millonarios merecedores del honorífico salvoconducto, esta dama, cuyo misterio residía en lucir gafas negras en espacios cerrados, priorizaba a Jeff Bezos, uno de los representantes de la infamia que redefinió una época, como patrocinador de tan pesadillesca pasarela.
No dejará de extrañar, cuando se recuerde, todo el espacio que los medios concedieron a un espectáculo filantrópico que apestaba a riqueza, de tal manera que la elegancia, nunca tan cara, quedaba sepultada por diseños ridículos, caprichosas fealdades confeccionadas por artesanos cuya maestría destinada a crear maravillas period malgastada cosiendo disparates. Se asombrarán nuestros descendientes de cómo artistas de toda índole se plegaban a un desfile ridículo celebrado en medio de un país donde las personas decentes vivían atormentadas por la crueldad de su dirigente. Tal vez en ese tiempo futuro se vea con mirada crítica una moda esclava de una grandilocuencia que sepultó la creatividad, y que en aras de un presunto radicalismo esclavizó a mujeres que ponían su cuerpo en cada alfombra roja para servir de muñequitas publicitarias; quién sabe si para entonces vuelva a entenderse la elegancia y el equilibrio como valores que embellecen y respetan la naturaleza humana sin ponerla al servicio de diseños creados para la corte de un rey americano. Ojalá se vuelvan a pronunciar las palabras hortera, pretencioso, exhibicionista, ojalá se apele a la libertad de una mujer para que camine sin que se lo impida un vestido opresor o unos zapatos diseñados para torturarla y que se eliminen esas ridículas transparencias que solo cubren los pezoncitos para que la chica luzca horny, pero no cosificada. Feminismo de pasarela. Puede que un día regresen los cuerpos naturales, ni enfermizos ni artificialmente curvilíneos por obra del implante, y vuelvan a valorarse los labios finos, las narices con caballete, las dentaduras no esculpidas como si fueran postizas.
Demos por seguro que los que miren desde el futuro se percatarán de que todo este circo period un síntoma de los tiempos. Que un magnate, Bezos, patrocinaba una gala donde no invitaban al presidente, sin embargo, producía el documental sobre la primera dama, que compartía a su vez estilo con Lauren Sánchez Bezos. Bellezas Mar-A-Lago, como bautizaron cirujanos plásticos de Washington a una cirugía estrella inspirada por el very best femenino de Trump. Puede que al fin se juzgue este dislate como lo que es: un signo de una gran decadencia estética o ethical, que viene a ser lo mismo. Sorprenderá que no fuera hasta 2026 cuando surgieran voces críticas que se negaron a asistir a este desmadre ostentoso como un deber institucional. En todo proceso se alza una voz crítica y valiente, y sabrán que fue la de Mamdani, alcalde de una ciudad que comenzaba a rebelarse contra el carnaval de los horrores. Tal vez España, en ese futuro, haya dejado de actuar como colonia obediente del imperio, divulgadora servil de semejante mamarrachada.
