Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando period un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.
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