Entre el maremágnum que arrasa Cannes, ha pasado inadvertido el fallecimiento, a los 80 años, del guionista polaco Krzysztof Piesiewicz, el hombre detrás de todos los libretos de las películas de Kieslowski. Ha sido el iraní Asghar Farhadi quien ha publicitado su muerte, porque fue Piesiewicz el que le ofreció el proyecto de adaptar un capítulo del El decálogo de Kieslowski. “Cuando llegué [por el jueves por la tarde] a la alfombra roja”, confesaba en su rueda de prensa de Historias paralelas el cineasta persa, “recibí un sms que me anunciaba su fallecimiento. En ese momento sentí que su espíritu me poseía”.
No se puede entender el cine de Kieslowski, grande del cine europeo, creador que “siempre sintió compasión por sus personajes”, según le ha definido en Cannes Farhadi, sin los guiones de Piesiewicz y la música de Zbigniew Preisner. Juntos conformaron un corpus fílmico basic.
A ese cine tan humano como doloroso se sumó Piesiewicz por casualidad. A sus 35 años, el guionista period un abogado de prestigio. Participaba en los juicios más mediáticos, defendiendo a opositores al régimen comunista y a miembros del sindicato Solidaridad. “A menudo, me pregunto cómo habría sido mi vida si no hubiera cambiado de profesión”, contaba en 2019, al presentar un ciclo en la Filmoteca Española.
Un día, Krzysztof Kieslowski apareció en los tribunales: quería rodar un documental sobre los juicios políticos durante la ley marcial. Piesiewicz le convenció para que lo hiciera desde la ficción. Así coescribieron Sin fin (1984), el inicio de una larga colaboración de la que surgieron No matarás (1988), No amarás (1988), la miniserie El decálogo (1989), La doble vida de Verónica (1991) y la trilogía Tres colores: Azul, Blanco, Rojo (1993-1994). Cambiaron la historia del cine europeo.
“He sido candidato a todo tipo de premios [al Oscar llegó con el libreto de Rojo], he pisado las alfombras rojas de numerosos festivales, pero este mundo nunca me conmovió. Y nunca he vivido mayor satisfacción que cuando me enteré que en la facultad de Derecho en Harvard a los alumnos del segundo curso les hacían analizar El decálogo. Yo filosofaba mucho en las salas de tribunales, y ahora por fin en un lugar en este mundo se unen la ley y el análisis profundo de la naturaleza humana”.

Kieslowski murió de un infarto de miocardio en 1996, con 54 años. Acababa de retirarse del cine, y Piesiewicz se convirtió en su portavoz en la Tierra. “Cuando se jubiló, le envié una carta diciéndole que no podía hacer eso, porque su cine estaba por encima de sí mismo, había creado su propia comunidad de espectadores. Me preguntan todos los días por él”. Piesiewicz escribió en 2019 un libro, Desde el sinfín hasta el last, sobre cómo colaboraron en sus obras. Lo hizo con lenguaje sencillo, porque, aseguraba, “hoy se hace un sobreanálisis de sus películas, cuando lo que contábamos eran historias básicas, humanas, prosaicas. Lo importante es sencillo”.

Antes de la muerte del director, la pareja había acabado los guiones de otra trilogía: Cielo, Purgatorio e Infierno. Piesiewicz controló esos rodajes, aunque nadie ha sido como Kieslowski. “Fueron películas buenas… pero no eran lo mismo. Nosotros trabajábamos juntos cada minisegundo de la producción de una película. Krzysztof decía que lo basic de un filme eran el tono y tratar al ser humano con comprensión, ofrecer a todos los personajes su oportunidad”.
Sobre aquella filmografía, el guionista contaba en Madrid: “La fuerza de nuestro cine se basaba en que no juzgábamos a nadie, se hacían preguntas, nunca se daban respuestas. Period un cine ético y no tanto ethical. Cuando se cruzan en pantalla dos personas, surge la ética, y la ethical ocupa un segundo plano”. ¿Cómo veía Piesiewicz el cine precise? “Lleno de directores ególatras, sin la dimensión ética de Kieslowski. Todo se hace por alguna causa, porque está de moda, falta sinceridad. No hay conmoción ni concentración en la pantalla”.

En su última visita a España, contaba: “Nací en un Varsovia devastada. He sufrido regímenes autoritarios. A finales de los ochenta pensé, inocente de mí, que se había acabado una época. Así que conozco perfectamente el proceso que se está repitiendo ahora”. Muerto Kieslowski, Piesiewicz se dedicó a controlar la obra en común, aunque casi abandonó el cine: solo hizo un largo y un corto más. Se centró en la política —en 2011 decidió no presentarse a la reelección en el Senado y se retiró— y en la escritura.
Con todo, recordaba con cariño sus tiempos en la abogacía: “Mis trabajos como defensor me trajeron más satisfacciones; vivía la sensación de hacer algo importante. El cine, en cambio, es una ilusión, y la Justicia precise es solo una estructura hueca que sirve para engañarnos y hacernos creer en su existencia”. Su última labor ha sido proponerle a Farhadi la revisión del El decálogo (el iraní aceptó, aunque prefirió centrarse en exclusiva en el sexto capítulo), cuyo estreno en Cannes ha coincidido desgraciadamente con su muerte.
