No puedo dejar pasar que me toca la columna para rememorar en ella a Soledad Gallego. Casi todos los que aquí escribimos lo hemos hecho, ofreciendo cada cual el impacto personal que esa figura extraordinaria produjo en nosotros. No siempre es fácil desenredar lo private de lo profesional. Con Sol hemos hablado y nos hemos reído, pero, sobre todo, la hemos leído. Algunos, los más talluditos, desde esos 50 años que hace nada celebraba este periódico y que, casi como un guiño del destino, coincidió con su muerte. Ver su firma period una parada obligatoria en el rutinario acto de ir pasando páginas del diario, un gesto que conminaba a prestar atención, a leer con detenimiento. No period la única firma con la que esto ocurría, claro, pero su largo desempeño profesional la fue colocando poco a poco como la memoria viva de nuestra democracia.
Ahora nos deja en esa curiosa situación de orfandad que consiste en no poder apoyarnos en sus opiniones a la hora de enjuiciar el mundo que nos rodea. Ha pasado a formar parte de ese raro y selecto grupo de personas que tantas veces evocamos bajo la coletilla del “qué opinaría fulano de esto o aquello”. Me sucede a menudo cuando, ante algún acontecimiento político de relieve, echo de menos la opinión de personas como Javier Pradera o Santos Juliá, por mencionar a otros dos grandes que también nos dejaron. Sol period, pues, una opinadora dotada de gravitas, con sentido de responsabilidad y hechura pública.
Fue evolucionando a medida que también lo hacía la democracia de nuestro país y el propio mundo. Un día en que coincidimos en esa tertulia que denominamos por quién la fundó, la de Paco Rubio —otro grande—, se quejaba de que cada vez resultaba más difícil orientarse. No solo por el aumento de la complejidad de todo cuanto nos rodea, sino también por lo que ella veía como uno de los males de nuestro tiempo, la desinformación y la posverdad. En ese ecosistema informativo en el que es cada vez cuesta más distinguir la realidad de la ficción, la tarea del periodista debía consistir en aferrarse a los hechos y ofrecer una información —y opinión— sustentada en la honestidad y dispuesta a incorporar los temas relevantes, no siempre fáciles de detectar, así como a reivindicar todos aquellos elementos que distinguen a la democracia. Esta no consiste solo en un conjunto de procedimientos o un sistema de reglas legales: acoge también un buen número de prácticas informales que permiten que el sistema funcione adecuadamente. Y eso period, precisamente, lo que poco a poco estaríamos perdiendo en nuestro país y otros lugares.
Perdonen el brusco salto de temas, pero esa última thought fue justo lo que me vino a la mente cuando empecé a leer sobre la estancia de Ayuso en México. Una representante del Estado español, como lo son los presidentes de las Comunidades Autónomas, dinamitando una política de Estado dirigida a congraciarse políticamente con ese país. La ciudadana Ayuso puede tener y manifestar las concepts que quiera sobre la conquista o sobre nuestra misma política exterior. Pero en aplicación de esas reglas no escritas de que antes hablábamos, no parece lícito si lo hace en su calidad de presidenta en un viaje oficial.
Este ejemplo reciente me sirve para sacar a la luz el tipo de vigilancia blanda —en el mismo sentido que cobra este adjetivo aplicado al poder— que Sol ejercía infatigablemente. El hueco que deja trasciende, por tanto, lo estrictamente private; afectará a nuestra capacidad misma para evaluar nuestra democracia. El mejor homenaje que podemos hacerle consiste, pues, en dejarnos contagiar de su espíritu cívico y seguir su ejemplo. Siempre nos acordaremos de ella.
