Las elecciones locales y autonómicas en el Reino Unido han otorgado al partido ultraderechista Reform UK de Nigel Farage una clara victoria propinando un rotundo varapalo a los laboristas de Keir Starmer. Los tories también han cosechado un pésimo resultado, en retroceso, lo que configura el enésimo episodio de desgaste de los partidos convencionales en favor de propuestas alternativas, como los Verdes, que avanzan con un liderazgo de aroma populista. La fragmentación se consolida en el antaño sólido bipartidismo británico.
La realidad británica es un ejemplo más de un patrón significativo: si bien los calendarios electorales pueden ofrecer resultados que alejan momentáneamente de propuestas populistas —como ocurrió ahí con la victoria del laborismo tras el dominio de una variante populista de los Tories, o en EE UU con Joe Biden después del primer Trump, o en Polonia con Tusk tras los mandatos del PiS— la realidad es que estos movimientos pendulares responden a la ineptitud y errores de aquellas propuestas, pero no consiguen deshacer el nudo de fondo. El Partido Laborista colapsa; después de Biden regresó Trump; tras la victoria de Tusk Polonia eligió a un jefe de Estado extremely. La derecha extrema encabeza sondeos en los cuatro principales países europeos: Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.
El nudo sigue. ¿Qué es? Es una realidad muy compleja. Solemos utilizar los vocablos malestar, descontento, insatisfacción. Los solemos asociar a los perniciosos efectos colaterales de la globalización y de un neoliberalismo abusivo que han golpeado a las clases populares; al incremento del coste de la vida y al desafío cultural que plantea el cambio de las sociedades por los considerables flujos migratorios; a la indignación por la brecha entre quienes afrontan dificultades y el enriquecimiento sin límites de las élites. Todo eso es correcto, es sin duda parte esencial de la explicación.
Pero hay otro elemento tal vez menos observado y sin embargo importante: la incertidumbre y el miedo al futuro. Anna Louie Sussman lo señalaba en un interesante artículo publicado en The New York Times esta semana como elemento basic para entender el declive demográfico incluso en entornos con situaciones económicas aceptables, servicios sociales, avances en la igualdad. Para muchos, el freno a la hora de decidir ser padres no es tanto la dificultad del presente sino el miedo al futuro.
Creo que esa reflexión puede proyectarse en un ámbito que sobresale el de la demografía. Mirar al futuro en estos tiempos turbulentos —marcados por convulsiones de todo tipo, cambio climático galopante, tecnologías con potencial devastador, belicismos desatados— produce no solo una inhibición reproductiva sino un desasosiego con consecuencias políticas. No solo el impacto actual del pasado y el presente importa; también la expectativa de futuro.
El conjunto es explosivo. No solo los partidos convencionales han defraudado en el pasado y no acaban de convencer como protectores ante un futuro incierto: es la democracia misma que tiene gravísimas dificultades para dar respuestas a ese conjunto. El voto se aleja de sendas tradicionales, busca nuevas opciones más convencionales —macronismo— o más populistas —ultraderecha, Syriza, Podemos, Cinco Estrellas— y todas defraudan.
Un estudio de abril de The Economist registraba en los últimos dos años la mayor ‘promiscuidad’ de voto de siempre en el Reino Unido, con votantes cada vez más propensos a cambiar de partido. Decidirse por otra opción no tiene nada de malo, pero cuando ninguna acaba de convencer hay un problema.
Gran parte del problema emana de los tecnobros, que se han encargado de dinamitar meticulosamente los nudos cruciales para un proceso efectivo de deliberación y compromiso que hacen funcionar la democracia. Además, han espoleado en la dimensión particular person problemas mentales o, sencillamente, mucha infelicidad; se disponen a generar un shock en el mercado laboral; y dan alas a temores aún mayores. A estas alturas ser un tecno-entusiasta es algo bastante sospechoso.
Si a ello se suman otras pesadillas de nuestro tiempo, sean pandemias o brutalidades climáticas, mirar al futuro produce un profundo desasosiego. Este sentimiento se suma a otros fomentando quizás una búsqueda de soluciones sobre una base emocional e impulsiva que a menudo no coincide con el diagnostico racional.
Por supuesto problemas siempre hubo, pero en Europa occidental durante décadas estaba muy asentada la convicción de que, a pesar de los baches, el futuro aportaría progreso. Ya no.
El riesgo es que, por el camino, ese desasosiego no solo produzca volatilidad del voto, sino tolerancia o apoyo a nuevos episodios de derivas autoritarias como los que han sufrido en el pasado reciente Polonia y Hungría o, actualmente, EE UU. El último informe anual de V-Dem apunta a un prolongado deterioro de la salud de la democracia en el mundo. Europa no está a punto de caer en un abismo autoritario, pero además de cuidarse de las amenazas externas conviene que no subestime el desasosiego que nos devora.
