De pequeño, se me salía con frecuencia la cadena de la bicicleta, de modo que adquirí cierta maña para obligarla a regresar a su sitio. Bastaba un pequeño salto, un cambio de ritmo en el pedaleo, una distracción mínima, y la cadena se desprendía de los dientes del plato con un chasquido seco que interrumpía su marcha. Yo me bajaba, le daba la vuelta y, manchándome las manos de grasa, volvía a poner las cosas en su lugar. Había algo tranquilizador en ese gesto: la certeza de que el mecanismo, aunque traicionero, obedecía a unas leyes. Si encontrabas el punto exacto, si tensabas lo suficiente, todo volvía a encajar. La bicicleta recuperaba su sintaxis y yo podía continuar el trayecto (o la frase) como si nada hubiera ocurrido.