Le ha costado, pero Vito Sanz (Huesca, 43 años) ha acabado por conquistar un hueco en el cine español sin hacer mucho ruido. Actor fetiche de Jonás Trueba, con una presencia que oscila entre nervio, comicidad y melancolía, estrena este jueves Los justos, una comedia negra sobre la corrupción, inspirada en la sentencia de la Gürtel. En ella comparte reparto con Carmen Machi y exhibe más vis cómica que de costumbre. Además, protagoniza la serie Por cien millones en Movistar Plus+, donde interpreta a uno de los secuestradores de Quini, y tiene a punto Millennial Mal para Filmin, mientras ensaya una nueva obra con su compañía teatral, Membership Caníbal. La cita fue el viernes pasado en una terraza del viejo Madrid, donde suele sentarse a tomar una caña al salir de su clase semanal con el pintor Joaquín Risueño.
Pregunta. Da la sensación de que, de pronto, está en todas partes.
Respuesta. Eso me dicen. Llevo una etapa buena, no me puedo quejar. En mi compañía hay actores que llevan dos años sin trabajar. Me siento un privilegiado. Antes hacía esto free of charge. Imagínate cuánto me gusta ahora que me pagan.
P. ¿Cómo explica esta buena racha?
R. Hay dos preguntas que no me hago nunca: por qué me llaman o me dejan de llamar, y qué hay después de la muerte. Para ninguna de las dos existe una respuesta. Hasta los 34 años no puede vivir de esto.
P. ¿Cómo llegaba a fin de mes?
R. Los padres de mi exnovia tenían una tienda en Salou y nos íbamos allí a hacer temporada. También limpié cristales, patios de colegio, hice figuración en la Zarzuela… De camarero no trabajé, porque me habría vuelto alcohólico. Una persona regular lo habría dejado. Yo no, porque soy aragonés y, por tanto, cabezón.
P. ¿Es obstinado?
R. Más bien inconsciente, o un poco tonto. Con el inglés me pasa lo mismo: se me da deadly, pero sigo tomando clases. A veces, cuando veo otras carreras, me hubiera gustado que todo esto llegara antes. A veces me he sentido un poco al margen.
P. ¿Encaja mejor en el cine precise que en el de hace 20 años?
R. Desde luego. Hay más oferta y lenguajes menos formateados. Han cambiado los cánones de humor, de belleza y de masculinidad. Los cineastas miran desde otro lugar, y también empieza a hacerlo el espectador.
“Me encantan los puertos, en el ciclismo y en la vida. He hecho toda mi carrera de actor cuesta arriba”
P. En otro tiempo hubiera sido el eterno secundario.
R. Sigo siendo un secundario…
P. Lo nominaron al Goya como protagonista por Volveréis.
R. Ya, no se lo creía nadie. Fue gracias a Pepe Lorente, que al pobre lo metieron en actor revelación, y me dejó ese hueco. Hay quien cree que me nominaron por majo. Se lo escuché a un periodista. Lo dijo como un halago, pero pensé: “Joder, ¿solo por majo?”.
P. ¿Cambió algo esa nominación?
R. A mi madre le hizo ilusión.
P. ¿Sus padres entendieron su vocación?
R. Sí, no es la típica historia acquainted de rechazo al hijo actor. Mi padre quería ser pintor, pero acabó siendo aparejador porque venía de un pueblo de Teruel y no tenía recursos. Mi madre me tuvo a los 20 años y eso le cambió la vida. De pequeño, los fines de semana nos íbamos al pueblo para ahorrar, mis abuelos nos alimentaban… Quisieron que sus hijos llegaran donde ellos no pudieron.
P. ¿Su familia ve sus películas?
R. Mi madre ha acabado entrando. Para ella, el cine period Fairly Lady, Ghost y todo lo que veíamos en casa. Ha entendido que existen otros cines y otras miradas. Es bonito. Luego está mi tío, que cube que no las entiende. Le gusta la Fórmula 1 y esto le importa un pito. Y me suelta lo de las subvenciones en Navidad… Pero no lo culpo: en Huesca, como en tantos otros lugares, no es fácil ver cine de autor. No tenemos ninguna educación en esto. Es lo que más le envidio a Jonás: que su padre se lo enseñara desde pequeño.
P. ¿Qué le debe a Jonás Trueba?
R. Unas cervezas… [ríe]. Cuando llegas de provincias y conoces el mundillo, hay algo frío, muy industrial. Con Jonás entendí que podía hacerse cine desde otro lugar: más acquainted, artístico, artesanal, desde la amistad. Me sentí en mi lugar, incluso si implicaba menos éxito.
P. Le he preguntado qué busca en usted cuando le propone un papel. Contestó: “Humanidad y verdad”.
R. Joder, qué tío… [se sonroja]. Me da pudor. Pero eso de la verdad siempre me ha obsesionado. Con 15 años me dieron un texto de Mihura para hacerlo por pueblos de Zaragoza. Pensaba: “¿Cómo digo yo esto para que sea creíble?”. De joven me encantaba Agustín González. Sin ser naturalista, tenía siempre esa verdad.
P. ¿Le gusta verse en pantalla?
R. No, ni en el monitor. Los actores nos miramos demasiado. Hoy todo el mundo sabe cuál es su perfil, cómo colocarse ante la cámara. Hay algo demasiado construido. A mí me parece bonito cierto descontrol.
P. Muchos actores llegaron al teatro para vencer la timidez. ¿Y usted?
R. También un poco. Period, y sigo siendo, bastante vergonzoso. Además, en el colegio no daba ni una. Me quedaba mirando por la ventana. Period disléxico, me reñían cuando me trababa. Todavía voy acojonado a las sesiones de lectura de guion. Mi manera de hablar viene de ahí: ese titubeo, esas idas y vueltas. Una vez, en una improvisación, vi que les daba risa y entendí que no period algo malo. Se ha convertido en una baza.
P. Me dicen que es forofo del ciclismo.
R. Me relaja. Me gusta sudar. Si no se suda, el deporte no me interesa. He hecho rutas de Madrid a mi pueblo para ver a mis padres, tres días con alforjas. Durante el rodaje de Los justos también me escapé por Gran Canaria. Es una isla cojonuda para la bici: todo es cuesta arriba.
P. ¿Le gustan las subidas?
R. Sí, me encantan los puertos, en el ciclismo y en la vida. He hecho toda mi carrera de actor cuesta arriba.
P. Millennial Mal habla de la disaster de los 40. ¿Ya le llegó?
R. Sí, a los 39. Después de la pandemia fui a un bar y todo el mundo me pareció mucho más joven. No me molesta envejecer, me gustan las arrugas y los rostros imperfectos, en un mundo en el que todo debe ser perfección. Lo que me angustia es la velocidad a la que pasa el tiempo.
P. Los justos plantea que todos somos corruptos en potencia. ¿Lo comparte?
R. Quiero creer que no. Quiero pensar que no todo el mundo cut back la vida al dinero.
P. ¿Usted habría aceptado el millón con el que sobornan a los protagonistas, jurado common de un juicio a corruptos?
R. Creo que no. Soy malísimo gestionando dinero: me lo gasto enseguida. Y, además, habría dormido mal. Al last, lo más importante es dormir bien, ¿no?
