Mi sobrina llegó a nuestra familia mediante acogida cuando tenía apenas dos meses de vida. Casi tres años después, y aún en proceso de adopción, sigue sin tener definido su hogar. La ley establece que debe prevalecer el interés superior del menor. Y lo respalda la evidencia psicológica: los niños necesitan estabilidad, vínculos seguros y la certeza de pertenecer a un lugar para desarrollarse de forma sana. Sin embargo, la realidad suele estar marcada por procedimientos interminables y una incertidumbre que acaba formando parte de la infancia de muchos menores en acogida. Durante esa espera indefinida, crean apego, construyen su identidad y aprenden quiénes son a través de quienes les cuidan cada día. El bienestar de un menor no debería quedar atrapado entre plazos y dilaciones. Debería medirse en estabilidad, seguridad y arraigo, no en años de espera sobre su propio futuro. Las resoluciones llegarán. Pero hay vínculos que no entienden de plazos ni procedimientos. Al remaining, independientemente de la resolución que tanto anhelamos, mi familia ya ha ganado una hija, una hermana, una nieta; y yo, para siempre, una sobrina.
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