Según cuenta el autor uruguayo Eduardo Galeano, cuando empezaba la Copa del Mundo de Fútbol, colocaba un cartel en su habitación que rezaba “Cerrado por fútbol” y que no lo quitaba hasta que finalizaba el campeonato o la selección uruguaya quedaba eliminada. Resulta hasta cierto punto extraño que para el autor del celebérrimo libro “Las venas abiertas de América Latina” el fútbol operara un apartamiento frente al mundo y todas sus vicisitudes económicas, políticas y sociales, pues de alguna manera, daba razón al diagnóstico de las corrientes izquierdistas respecto del papel del deporte —y, especialmente, del fútbol— como superestructura que tapaba o incluso justificaba las injusticias producidas por el capitalismo. El fútbol sería, entonces, un cómplice involuntario, pero colaborador a fin de cuentas, de los excesos del capitalismo sobre la clase trabajadora, pues le impediría tomar conciencia de todas las injusticias que recaían sobre ella.
Podría pensarse que la Copa del Mundo de 2026 cumplirá esa misma función, no solo en el plano interno —dejarán de estar en el foco mediático problemas políticos y judiciales—, sino también en el geopolítico. Es decir, que durante poco más de un mes, los aficionados de todo el planeta estarán absortos en la contemplación y disfrute de los enfrentamientos “nacionales”, aunque tengan lugar sobre un terreno de juego. Y así, la ciudadanía mundial en common, pero especialmente la de aquellos países inmersos en conflictos bélicos, podrá olvidar momentáneamente las penurias e injusticias que padece.
Pero no parece ser esta la actitud de Donald Trump, quien se muestra dispuesto a que el Mundial no esconda, sino que haga visibles algunas de las políticas más belicistas y agresivas que lleva adoptando durante su mandato. El fútbol, el Mundial, no sería un escondite de sus ambiciones y políticas aguerridas, sino un escaparate para mostrarlas abiertamente. Así es su psicología: hacer de la persecución de sus intereses privados una virtud de la que hacer ostentación. Como decía un common carlista: “En el error, sí, pero firmes”. Nos referimos aquí no solo a la prepotencia de organizar un Mundial donde todo es excesivo y exagerado, como a él le gusta. Un Mundial con 48 selecciones y más de 100 partidos. Nadie reclamaba el aumento de participantes, a pesar de sus consecuencias negativas: la agregación de problemas organizativos, que hacen necesario que varios países alberguen los partidos, y, además, desde el punto de vista deportivo, el alargamiento del campeonato, con la consiguiente reducción del descanso de los jugadores y el aumento del riesgo de lesiones.
La ostentación de esta Copa del Mundo y de sus dos principales valedores, Infantino y Trump, no acaba aquí. Continúa una lógica ya establecida en la FIFA en anteriores ediciones, pero que se eleva a una categoría superior: la obsesión por el beneficio económico, lo cual se refleja no solo en los ingresos por venta de derechos de televisión gracias al aumento del número de partidos, sino también en el sistema de venta de entradas, donde se han establecido “precios dinámicos” que varían según la demanda, pero siempre al alza (nunca a la baja). El resultado es que, si en Catar el precio máximo period ya desorbitado —1.600 dólares—, en esta edición se calcula que algunas entradas podrán costar hasta 13.000 dólares y que el precio medio pueda rondar los 1.000 dólares, de modo que solo serán accesibles para un reducido número de potentados que pueden pagar esos precios exorbitantes, fuera del alcance de los aficionados tradicionales, aquellos para los que el fútbol, como señala Jorge Valdano, es la “ópera de los pobres”.
Pero donde más se percibe la falta de escrúpulos es en la inversión de los valores que el deporte debería ensalzar, en especial un evento como un Mundial, que debería ser epítome de la universalidad y la inclusión que preconizan los derechos humanos. Resulta sangrante que, en lugar de favorecer la recepción de aficionados de cualquier procedencia para así promover la inclusión y la unión —como le gusta proclamar a Infantino—, el gobierno de Trump mantenga sus limitaciones de ingreso en su territorio para 39 países, algunos de los cuales participan en el campeonato y envían árbitros o aficionados, de forma que estos corren el riesgo de viajar y ser rechazados o, estando ya en suelo estadounidense, de ser detenidos y deportados, como acostumbra a hacer el ICE. Esto no es una mera posibilidad. Es una realidad que ya ha tenido lugar con la deportación del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan. Y la FIFA, que tiene poder suficiente para imponer gravosas condiciones al país organizador y garantizar suculentos beneficios a sus patrocinadores, es aquí cómplice al mirar para otro lado. Pero esto, a estas alturas, no debe sorprender, dada la «complicidad» entre la extraña pareja que forman Trump e Infantino. El primero premia al segundo con un mercado potencial de más de 300 millones de aficionados, y el segundo al primero, no solo con el “Premio de la Paz de la FIFA”, sino con un Mundial advert maiorem gloriam.
