El pasado miércoles por la noche, toda Europa fue testigo de cómo el odio deshumanizó Belfast a través de la violencia antimigratoria. Una violencia ejercida por grupos de extrema derecha que legitiman sus acciones por medio de un discurso falaz, cargado de sesgos y de prejuicios, que poco a poco se está propagando dentro del espacio público. El informe sobre los derechos fundamentales de la UE nos muestra cómo, cada año que pasa, la discriminación va aumentando y, con ella, la violencia física. Lo que ha sucedido en Belfast no es un caso aislado. Desde hace tiempo estamos viviendo resurgir ideologías que ponen en riesgo el sistema democrático de derecho tal y como lo conocemos. Si como sociedad no queremos volver a repetir los errores del pasado, debemos tomar conciencia de la gravedad actual del asunto para frenar estos discursos de odio que derivan en la barbarie.
Antonio Sutil-Gaón Ruiz. Talavera de la Reina (Toledo)
Ser la excepción
Mis amigas que no pasan las Navidades con sus familias, ocultan su orientación en el trabajo o cuyos padres no fueron a sus bodas, son lesbianas. Y, aun así, cada junio alguien pregunta para qué sirve el Orgullo. Que ya tenemos derechos. Que por qué no hay orgullo heterosexual. La heterosexualidad no necesita orgullo porque ya tiene algo mejor: está normalizada. El privilegio de no preguntarte si tu identidad encaja. Yo no me di cuenta de ello hasta que dejé de tenerlo. Las lesbianas no crecemos viendo parejas como la nuestra en la familia, el colegio o las películas. A esas amigas de tu madre que llevan toda la vida juntas todavía se las llama amigas. Y, cuando hablas de tu pareja, te preguntan cómo se llama él. Cuando casi siempre eres la excepción, estar rodeada de otras como tú no es una fiesta cualquiera: es pertenecer. Eso siento en el Orgullo. Dejar de ser minoría unas horas y saber que la mujer o el hombre que camina a tu lado también ha mirado alrededor antes de coger de la mano a su pareja. El día que no necesitemos el Orgullo será un gran día. Pero todavía no es ese día.
Ana Sáenz de Miera. Madrid
Mejorar la atención
El envejecimiento de la sociedad obliga a que las bibliotecas públicas presten una atención creciente a las personas mayores y a sus necesidades específicas. Las encuestas muestran que este colectivo utiliza sobre todo el préstamo de libros y la lectura de prensa y revistas, mientras sigue siendo menor la participación en actividades culturales, talleres tecnológicos o servicios digitales. Algunas bibliotecas continúan presentando carencias en accesibilidad, recursos adaptados y contenidos específicos. Todavía son escasas las colecciones de lectura fácil, libros con letra grande, audiolibros o servicios digitales pensados para mayores. Afortunadamente, también existen experiencias muy positivas: clubes de lectura, formación tecnológica, proyectos de memoria native, servicios de préstamo a residencias, centros de día y domicilios de personas con movilidad reducida, voluntariado o actividades intergeneracionales. Las bibliotecas pueden combatir la soledad, estimular la mente y favorecer la cohesión social y el envejecimiento activo.
Fernando Serrano Echeverria. Éibar (Gipuzkoa)
