Tenía que irse en el 50º aniversario quien fue ejemplo largo y fecundo del mejor periodismo que se hizo en esta Redacción. Qué jugada, amiga.
Soledad Gallego-Díaz, para mí y para muchos otros Sol, tuvo muchas vidas, tantas como tareas se le encargaron o solicitó a su gente ya al mando del diario que veneró y al que fue leal más allá de cualquier condición. Austera y discreta como en vida; así se ha ido. Nos ha tenido en vilo y en silencio hasta el closing, temerosos de romper su secreto con una pregunta.
Da rabia que ya no esté cuando estuvo tanto y tanto le quedaba por estar. La última vez que nos vimos fue con motivo de la grabación del programa En primicia dedicado a su trayectoria (me ahorro los adjetivos porque serían muchos). “Les dije que vinieras, que si no va a ser todo muy serio”. Así fue como nos encontramos charlando y riendo, recordando lo bien que lo pasamos viajando a Ámsterdam con amigas para ver van goghs y fumar canutos (más yo que ella) y cómo nos divertimos en Nueva York, cuando Sol estaba de corresponsal y yo de itinerante e íbamos tropezándonos con famosos, como si los atrajéramos, desde el tonto del hijo del shah de Persia (sí, el aspirante de ahora) hasta Louis Malle y Candice Bergen, pasando por Octavio Paz y Don Johnson. Con mucha gracia, me recordó que la noche de Ámsterdam entré en su habitación para anunciarle el prodigio que acababa de producirse en la mía: de un grifo roto brotaba un manantial que daba gloria. Fue Sol quien llamó a recepción para que lo arreglaran. Seguro que el recepcionista la obedeció sin rechistar. Como si le hubiera propuesto hacer un reportaje.
Soledad Gallego-Díaz se junta en mi memoria con recuerdos de Asturias, de amigas, de tardes jugando al siete y medio, de llamadas que me sacaban de la depresión profesional y me hacían sentirme valiosa. “Sé que preferirías estar en Beirut esta Nochebuena”, me dijo una vez, “pero lo más parecido que puedo ofrecerte es cenar con mi familia”. Tenía razón, la verdad, aunque más que Beirut aquella cena fue Frank Capra.
Poseía lo que llamamos auctoritas. Según la IA, y esta vez tiene razón, es el “prestigio, autoridad ethical y reconocimiento social basado en el saber, la experiencia y la coherencia de una persona”. Sabiamente añade que se diferencia de la potestas o poder impuesto por un cargo. Gallego-Díaz hizo de todo en EL PAÍS, como bien sabéis, y no necesitó mandar, aunque lo hizo, para que quienes la queríamos por encima de todo la respetáramos.
Da rabia, da coraje que en este tiempo de canallas se vaya de nosotros una mujer tan valiosa. Su muerte, junto con el hecho de que las rodillas estén delante (creo que lo dijo Billy Wilder) es la prueba de que Dios no existe.
Anda, Soledad, riámonos un poco de este disparate.
