
Santiago Rosales mira con nostalgia y coraje el estadio que se erige frente a su casa, en el barrio de Santa Úrsula. El coloso gris que ve cada mañana desde hace 60 años tiene ahora un copete rojo con el nombre de un banco y, a sus alrededores, un hormiguero de trabajadores que se afana aplanando calles, pintando muros, removiendo escombros, conectando cables o luminarias y plantando arbolitos. Hace cuatro décadas, Santiago pudo ver allí el partido entre Inglaterra y Argentina, en el que Diego Armando Maradona hizo dos goles históricos que llevaron a la albiceleste a la semifinal del Mundial México 86. Pudo entrar por un golpe de suerte; hoy, a sus 78 años, sabe que ni siquiera podrá acercarse al estadio cuando México sea, por tercera vez, anfitrión de la Copa.





